Amarás a la Madre Tierra

Sin ánimo de prescribir, más bien como una forma de reflexionar, imaginemos cómo serían los diez mandamientos actualizados para esta época de catástrofe ambiental de magnitud apocalíptica. Algo como…

1. Amarás a la Madre Tierra –bosques, selvas, aguas, mares, desiertos, dunas, estepas…– por sobre el oro y por sobre todas las riquezas.

2. Amarás al prójimo, y te amarás a ti mismo, pero nunca considerarás al planeta como un recurso sacrificable a tu egoísmo y afán de lucro.

3. Respetarás todo lo que es sagrado: el agua, la vida, la flora, la fauna, el planeta todo y a las personas. La vida es sagrada: todo asesinato es suicidio.

4. Honrarás la memoria de tus muertos, quienes lucharon por la tierra y la defendieron con sus vidas. No cambiarás la dignidad de tu pueblo ni la tuya por nada, ni por oro o plata.

5. No matarás, no solamente a los seres humanos, tampoco cometerás ecocidios, respetarás a la vida como sagrada. No corromperás a tus compañeros ni te permitirás corromperte. No destruirás los lazos comunitarios y solidarios.

6. No despojarás de sus recursos para la vida a otros pueblos o personas. No permitirás tampoco que te arrebaten los tuyos, ni los de tu gente.

7. No violarás, a nadie, ni a seres humanos, ni a la Madre Tierra. No la destruirás para extraer  ni explotar nada. La respetarás como a la fuente de la vida.

8. No falsearás la información sobre los daños que causan los megaproyectos ni las empresas extractivas. Lucharás porque le verdad sea siempre conocida y se actúe de acuerdo a ella.

9. No mirarás con codicia a las montañas, los territorios, ni los bienes naturales que no son de nadie, son porque sí. Y para los pueblos, son comunes.

10. No codiciarás lo que otros pueblos, colectivos, comunidades o personas han construido y disfrutan por su trabajo y esfuerzo. Defenderás el derecho a compartir y no permitirás la expropiación ni el monopolio de los bienes comunes.

Esto no debería ser un dogma, sino una propuesta para que lo que nos mueve sea favorable a que pueda seguir existiendo la vida y en el caso de los seres humanos, la vida humana digna de tal nombre.

Pueden existir formas no teístas, ni deístas, ni ateas, ni religiosas, ni fanáticas, ni fundamentalistas de reconocer que preferimos la vida a la muerte porque la consideramos sagrada.

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