Un infierno de chocolate dulce

Babel

Un infierno de chocolate dulce

Javier Hernández Alpízar

Es el ingreso a un mundo oculto, laberíntico y subterráneo donde hay por doquier, ríos, lagos, cascadas de líquido oscuro y espeso, calderos hirvientes, y son castigados algunos personajes por ser culpables de sus defectos morales. El lugar es habitado por seres extraños, que se burlan de los castigados cantando alegremente sus culpas y lo merecido del castigo, y el señor que lo domina es un genio, de apariencia anacrónica, entre aristocrática, misteriosa y ridícula, usa barba de chivo, viste de frac, con un saco color rojizo. No puede tratarse sino de un descenso al infierno, con la imaginería cristiana y claramente Dante detrás de toda la parafernalia. Pero es un descenso al infierno de la producción, donde se castiga el pecado de la glotonería, aunque es lo más necesario para los castigadores, porque no sobreviviría el sistema sin ese consumismo desaforado e inducido. Incluso la aventura comienza con una especie de estrategia publicitaria que fomenta el consumismo y da pingües ganancias al dueño: poner invitaciones doradas en las barras de chocolate para premiar a cinco afortunados.

Hablamos de Charlie y la fábrica de chocolate (Alfaguara, 2005), de Roald Dahl, una novela para público infantil y juvenil, de 1964. El autor fue piloto de guerra, al igual que Antoine de Saint-Exúpery, luego guionista de cine, y es hoy por hoy uno de los más leídos autores de obras para niños y jóvenes. La novelita ha sido llevada al cine con gran éxito.

Hacemos una lectura de esta especie de novela- cuento de hadas contemporánea desde la teoría de la subsunción del valor de uso de los alimentos al Sistema de Alimentación Capitalista (SAC) expuesta por Jorge Veraza, Andrés Barreda y otros autores en Los peligros de comer en el capitalismo (Itaca, 2007). En esta explicación del SAC, el centro de la industria productora de alimentos es el azúcar refinado, y alrededor de ella la harina refinada y la carne, más todo tipo de aditivos y saborizantes, colorantes, odorizantes y texturizantes, para producir principalmente comida rápida, comida chatarra y comida industrializada.

En esta lectura la fábrica de chocolate, exaltada como un lugar maravilloso, es una ventana que nos permite asomarnos al SAC y a la fetichización de la mercancía- comida. La historia comienza cuando el genio (recordemos el parentesco de los genios con los demonios) Willy Wonka pone en cinco de sus barras de chocolate una invitación (billete dorado) hecha en una lámina de oro delgada como un papel. El héroe (todos los héroes son varones), Charlie, es un niño pobre y hambriento (se alimenta de repollo, escaso pan, margarina y papas), un producto del sistema capitalista, quien solamente como chocolate una vez cada año, por su cumpleaños, y al recibir la barra como regalo literalmente la atesora “como si fuese una barra de oro puro”. Jorge Veraza explica al azúcar refinado como “el dinero” del SAC, el mismo grado de abstracción se da en el valor cosificado como dinero y aquí en el azúcar atesorado como oro.

Wonka cumple todos los requisitos del mito del genio burgués (como Steve Jobs o Bill Gates), incluso inventa máquinas maravillosas como un “chocolate de televisión” y un ascensor que parece alfombra mágica tecnológica. No es millonario por esclavizar obreros africanos (pigmeos, oompa -loompas, sus obreros invisibles, que cobran con comida, cacao, una moneda anacrónica, además son cobayas para experimentar los nuevos “alimentos” mágicos y sus efectos nocivos para depurarlos) sino por sus derechos de autor, incluso usa a “obreros invisibles” (outsourcing de importación, de hecho el método para llevarlos es trata y tráfico de personas) para evitar a espías industriales que pirateen sus geniales invenciones. (Por cierto, los pigmeos, pueblo de cazadores recolectores de África central, son actualmente víctimas de desplazamiento y discriminación, sus tierras son devastadas por la tala, la guerra y la invasión de agricultores.)

No solamente se expone, en la forma de relato maravilloso o de un viaje y aventuras fantásticas, el fetichismo de la mercancía, aquí materializado en el chocolate, las golosinas y dulces, así como el chicle, sino que, tal como expresa Jorge Veraza en su explicación del SAC, los efectos nocivos: adicción, glotonería, obesidad, dependencia, son castigados en las personas, culpadas ellas y no el sistema, de los daños físicos y psíquicos, que les produce el consumo de esa chatarra industrial. Las víctimas son especialmente niñas y niños, un glotón obeso, una masca chicles compulsiva, un  adicto a la televisión y especialmente a la violencia televisada y una niña mimada que quiere todo lo que ve (consumista compulsiva). Se desresponsabiliza al productor y se culpabiliza y castiga por sus pecados a las y los niños, dentro del infierno de chocolates calientes y otros peligros.

Wonka inventa un chicle, con el aspecto de un cartón gris, que contendría la comida entera y haría desaparecer la cocina (una quintaesencia de la fast food), aboliría todo el proceso de adquirir, procesar, cocinar y comer alimentos, aunque Wonka odia a los mascadores y mascadoras de chicles por vulgares. Cuando le preguntan ¿por qué si odia los chicles los produce?, contesta como acostumbra, no escuchando o más bien fingiendo que no escuchó, callando a quien pregunta o aduciendo que hablaron muy bajito. Wonka es autoritario, impositivo, voluntarioso y narcisista. No tiene descendientes, ni familia, pero para heredar su emporio necesita a un hijo del proletariado, libre de las la malacrianzas y los efectos del consumismo (virtudes ascéticas valoradas por la moral burguesa protestante).

Sin embargo, la novela, si bien no tiene, explícita, ninguna mirada crítica al capitalismo, no puede ocultar, aunque mistificado en la narrativa- cuento de hadas- colonizadora, el origen esclavista del chocolate: los “obreros invisibles”, personitas que en áfrica comían orugas y deseaban cacao, son pigmeos, un reconocimiento implícito del trabajo esclavo de las plantaciones que produjeron para el capitalismo el cacao, la caña de azúcar, el café, el henequén, el algodón, la vainilla, el tabaco y otros productos esenciales, sin los cuales no habrían el chocolate, el café, el cigarro, y otros alimentos, productos y drogas legales del SAC y el mundo de comodidades del consumismo. Además de otras formas de trabajo esclavo, como la minería y la servidumbre doméstica. La estatura de los oompa -loompas los deshumaniza, los vuelve un juguete deseable para la niña caprichosa, como las ardillas que trabajan pelando nueces en la fábrica de Wonka; una especie de reconocimiento inconsciente de la mano de obra infantil esclava o semiesclava, la cual siguen usando hasta hoy, por ejemplo para hacer los juguetes de las cajitas felices de McDonals.

Lo más asombroso es que está naturalizada la manipulación del valor de uso de la comida: con ingredientes como chocolate, azúcar, llevados a la abstracción de colores, aromas, para producir incluso alimentos o mejor dicho golosinas absurdas como un helado que no se derrita bajo el ardiente sol o un caramelo que no se acabe nunca (para los niños pobres, quiere Wonka), o un alimento que salte en el estómago después de tragado. Es asombrosamente exacta la premonición de los sabores diseñados y adictivos de la ingeniería en alimentos, la manipulación de las propiedades de los alimentos, con toda clase de refinaciones, aditivos, sustancias sintéticas que los seres humanos jamás habían comido (incluso que no existían en la naturaleza), las golosinas y comidas juguete, los colores raros y efectos de chispas en la boca tipo Sonrics, en la novela atribuidas al genio y la magia, pero en el SAC debidas a la química, los transgénicos, la publicidad engañosa y la falta de escrúpulos comercial. (Tal vez algunas sociedades se pueden psicoanalizar por sus novelas… por ejemplo, ¿por qué el papá de Charlie trabaja precisamente como obrero en una fábrica de dentífricos?)

Hay incluso la fábula de un príncipe de la India a quien Wonka le construye un exótico palacio hecho todo de chocolate y le aconseja comerlo rápido antes de que se derrita, pero el príncipe se niega y pretende habitarlo, con el resultado de que se le derrite y termina anegado en chocolate líquido; cualquier parecido con las economías de enclave y su bienestar efímero mientras el mercado sigue demandando el producto y hasta que éste se agota o es sustituido por otro sintético o uno producido a más bajo costo en otra parte, es una genial coincidencia.

Además de la diversión a costa de los castigos a las y los niños odiosos, la única moraleja políticamente correcta es una diatriba contra la televisión y a favor de la lectura.

Valdría la pena, para los interesados en la alimentación sana y en la denuncia y la resistencia al Sistema de Alimentación Capitalista, una lectura de ambos libros, primero el coordinado por Veraza y luego el de Roald Dahl.

El chocolate (con origen en el cacao, sabor amargo y trabajo esclavo, edulcorado con azúcar refinado y con leche de vaca, para producir cientos de chocolatinas, cada una más suave, cremosa y dulce que la anterior, las cuales enriquecen a una industria) es una excelente metáfora del capitalismo y sus raíces colonialistas y esclavistas. Y el cuento de hadas con el regusto sádico de ver cómo a los niños, como en un reality show leído, van siendo criticados y eliminados, castigados por los defectos que tienen, por lo que ellos son, “niñas y niños odiosos”, hasta que queda solamente uno que heredará el reino del chocolate y los caramelos, es una buena crónica del descenso a los infiernos de la producción del SAC.

Todo esto independientemente de la posición política consciente del autor de la novela.

 

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