Por una búsqueda austera del placer *

campesino

Por una búsqueda austera del placer *

Wendell Berry

 

 

La competencia es un hecho cotidiano. Lo será más cada vez. Estaremos cada vez más envueltos en ella. La competitividad tiende a instalarse como principio de supervivencia y como norma superior de comportamiento. ¿Podremos con ella? ¿Es posible soportar un mundo que no ponga límites claros y estrictos a la competencia?

 

Puesto que pronto afianzaremos la sociedad con ellos, es útil lanzar una ojeada a la experiencia de los países del Norte, postulados como el paraíso de la libre competencia. Podemos derivar lecciones pertinentes.

 

La competencia, nos dice aquí Wendell Berry, al reflexionar sobre la experiencia norteamericana, es parte de la vida individual y comunitaria y resulta útil y necesaria cuando está sujeta a límites. Pero “ningún individuo puede llevar una vida buena y satisfactoria bajo las reglas de la competencia y ninguna comunidad puede tener éxito como tal a menos que limite de alguna manera la competitividad de sus miembros”.

 

Es un desafío actual, urgente, planteado a nuestra imaginación, sociológica y política, concebir límites a la competencia sin caer en nuevas prisiones burocráticas. Y este trabajo excepcional de Wendell Berry, publicado originalmente como Economy and Pleasure, puede nutrir profundamente esa imaginación.

 

Wendell Berry ha pasado buena parte de su vida en su condado natal de Kentucky, Estados Unidos, y desde hace 20 años cultiva ahí su granja. Poeta y novelista, ha publicado numerosos libros. En Opciones hemos presentado ya “Con los pies en la tierra” (Núm. 5), “Para qué sirve la gente” (Núm. 8), “Para recuperar el apetito urbano” (Núm. 9) y “Desperdicio y poder” (Núm. 10).

 

 

*Tomado del suplemento “Opciones” No. 17 del diario El Nacional de septiembre de 1992. págs. 6-9.

 

 

 

Para quienes todavía defienden las tradiciones del pensamiento político y religioso que han influido en la formación de nuestra sociedad y en la fundación de nuestro gobierno, resulta asombroso, y por supuesto desalentador, ver que la teoría económica ha alcanzado en la actualidad el rango de explicación y justificación definitivas de todos los aspectos de nuestra vida cotidiana, y que se venera la competencia como el ideal y el principio soberano de la teoría económica.

 

Mientras miles de pequeñas granjas y toda clase de negocios locales se dan por vencidos y quiebran, bajo los efectos de políticas económicas que les son adversas, o viven bajo la amenaza de lo que complacientemente llamamos “progreso científico”, el economista se apoltrona en la calma de su plaza académica y del subsidio gubernamental, e ilumina a la prensa y al público en general con sus comentarios y explicaciones. Que los fracasados resulten ser humanos, vecinos, hijos de Dios y ciudadanos de la República es algo que tiene sin cuidado al economista. Mientras los campesinos se hunden y las comunidades pierden sus apoyos económicos, mientras toda la Norteamérica rural se siente como si estuviera condenada a ser la sombra del “libre mercado” y la “ciencia revolucionaria”, el economista anuncia pontificalmente a la prensa que “habrá algunos ganadores y algunos perdedores”, como si eso pudiera justificar y esclarecer todo, o nada. Uno infiere que las ciencias sirven descuidadamente a la teoría económica y que las humanidades se someten abyectamente a las ciencias. En apariencia, se da por sentado que nos encontramos a merced de la determinación de las leyes económicas, que serían también las del universo. Los periódicos citan a los economistas como autoridades definitivas. Leemos sus declaraciones con la conciencia de que se ha dicho la última palabra.

 

El expresidente Reagan afirmó que “la ciencia nos dice que el descubrimiento de la superconductividad nos ha llevado al umbral de una nueva era”. Hablaba en una “conferencia federal sobre las aplicaciones comerciales de la nueva tecnología”. Al referirse a la “ciencia” aludía a los científicos a sueldo de las corporaciones. “Nuestra misión en esta conferencia”, dijo. “es convertirla en impetuoso heraldo de esta nueva era”. Una parte de su programa para cumplir esta misión fue una propuesta para “suavizar” las leyes antimonopolio. Aún el jefe del Ejecutivo y nuestro sistema legal deben someterse a las demandas de “la economía”. Cualquier “nueva era” de que dispongamos por ahora debe anunciarse “con ímpetu”, debido a las ganancias que obtendrán quienes la pongan impetuosamente en marcha. Parece que se nos ha reducido a un estado de teoría económica absoluta, en que la gente y todas las demás criaturas y cosas puedan ser consideradas simplemente como “unidades” económicas, o como cifras de producción y en el cual un ser humano podría ser tratado, como lo expresa John Ruskin, “meramente como una máquina codiciosa”. Las voces más difíciles de escuchar son las de quienes dicen que todo este trabajo destructivo de genios insensatos, dinero y poder es lamentable pero irremediable.

 

Es posible que no. Sería sin duda tonto que, tras entender la lógica de este terrible proceso, supusiéramos que su optimismo glotón podría detenerse antes de llegar a la catástrofe que es su lógica final. Pero supongamos que es posible remediarlo. En ese caso, quizás el mejor principio podría ser comprender la falsedad y estupidez del ideal., económico de competencia, que es destructivo para la naturaleza tanto como para la humanidad, porque es falso para ambas.

 

 

El ideal de competencia siempre implica, y de hecho requiere, que toda comunidad deba ser dividida en un grupo de ganadores y otro de perdedores. Esta división difiere radicalmente de cualquier otra división social: la de los más y los menos hábiles, la de los más ricos y los más pobres e incluso la de los gobernantes y los gobernados. Estas últimas divisiones han existido a través de la historia y, por lo menos en ocasiones, han sido enriquecidas por ideales sociales y religiosos que indujeron a los fuertes a ayudar a los débiles. Como un ideal puramente económico, la competencia no contiene o implica tales orientaciones. De hecho, los defensores del ideal de competencia nunca han sabido qué hacer con los perdedores o para ellos, que simplemente se apilan en muladares humanos, como depósitos de basura industrial, hasta que acumulen la suficiente fuerza y miseria como para vencer a los ganadores.

 

La idea de que los desplazados y los desposeídos “deben buscar un reentrenamiento e iniciarse en otra línea de trabajo” es, por supuesto, absolutamente cínica: se trata, simplemente, de la forma en que los funcionarios y los expertos se lavan las manos. Un perdedor es por definición alguien con el que no se sabe qué hacer. El daño y el sufrimiento implícitos en la aceptación de que los perdedores deben existir como un costo económico normal no tienen límites. El peligro del ideal de competencia es que no propone o implica límite alguno. Su propuesta consiste simplemente en bajar los costos y elevar las ganancias a cualquier precio. No vacila en destruir la vida de’ una familia o de una comunidad. Incita al vecino contra el vecino al igual que incita al comprador contra el vendedor. Cada transacción tiene por objeto involucrar a un ganador y a un perdedor. Y es por esta razón que la economía humana está enfrentada sin restricción alguna con la naturaleza. Por la ilimitada competencia entre vecinos y entre comprador y vendedor, todos los recursos deben ser utilizados, no se deben escatimar.

 

Cabe argumentar que en realidad existen límites dentro de la competencia económica que se practica actualmente, por ejemplo, uno no puede matar al competidor. Pero aun dejando de lado la cuestión de que el asesinato sería o no aceptable como medio económico si las ganancias fueran suficientemente altas, es un hecho que la destrucción de la vida forma parte del negocio cotidiano de la competencia económica tal como se practica en la actualidad. Si una persona desea obtener una propiedad ajena o acepta la ruina de otra como el resultado normal de la empresa económica, está deseando destruir la vida de la otra persona tal como es o como desea ser. El que se prescinda de la existencia biológica de esta persona parece pura coincidencia: se prescindió de ella porque no valía nada. El que esta persona se encuentre ahora “en libertad” de “buscar reentrenamiento e iniciarse en otra línea de trabajo” sólo puede significar que su vida tal cual era ha sido destruida.

 

Pero existe otra implicación en la falta de límites del ideal de competencia que resulta aún más ominosa en términos políticos: la competitividad económica ilimitada propone una concentración ilimitada de poder económico. La anarquía económica, como cualquier otra condición de “libertad-para-todos”, tiende inevitablemente a la dominación de los más fuertes. Si es normal para la actividad económica dividir a la comunidad en un grupo de ganadores y otro de perdedores, la implicación inevitable es que el grupo de ganadores se reducirá todavía más y el grupo de perdedores aumentará. Y esto obviamente es lo que está sucediendo ahora: la propiedad utilizable de nuestro país, que hace un tiempo estuvo repartida en forma más o menos democrática, pertenece cada año a un número cada vez menor de personas. Que el Presidente de la República pueda sin temor proponer que se “suavicen” las leyes antimonopolio para “anunciar” la llegada comercial de la “nueva era”, no sólo indica que estamos “anunciando” la plutocracia, sino que ésta es ahora una meta permitida para el grupo de posibles ganadores, para los que el presidente Reagan habló y actuó, y una carga aceptable para todos los demás.

 

Creo que esta burda versión en extremo simplificada de la teoría económica en ninguna parte encaja mejor que en las universidades con tierras concesionadas. Por ejemplo, las escuelas de agricultura que han encabezado la destrucción casi total de sus “clientes” -los campesinos y las comunidades rurales- están luchando por aliarse más firmemente que nunca no con el hogar y la vida rural e sino con los fines tecnocráticos y los intereses corporativos que están destruyendo el hogar y la vida rurales que definen su responsabilidad pasada y actual. Por supuesto, se trata tan sólo de la intensificación de una vieja alianza. La revolución que comenzó con propuestas de máquinas y químicos continúa ahora con la automatización, las computadoras y la biotecnología. Que esto ha sido y es una revolución es indiscutible. No ha sido meramente una “revolución científica”, como algunas veces la llaman sus defensores, sino también económica, y ha involucrado grandes y profundos cambios en la posesión de propiedades y en la distribución de la verdadera riqueza. Se ha hecho, a través de una tendencia insidiosa, lo mismo que las revoluciones comunistas han hecho por decreto: desposeer a la gente y usurpar el poder y la integridad de la vida comunitaria.

 

Este trabajo se ha hecho y se sigue haciendo como si fuese altruismo: sus defensores no se cansan de repetir que tienen por objeto “servir a la agricultura” y “alimentar al mundo”. Así planteados, estos objetivos son irreprobables, pero su aplicación práctica provoca muchas dudas. Resulta que ha de servirse a la agricultura estrictamente de acuerdo con reglas de la teoría económica competitiva. El objetivo es “hacer a los campesinos y a la agricultura norteamericana más competitivos”.

 

 

Pero es preciso preguntarnos contra quién se deben hacer competitivos nuestros campesinos y nuestra agricultura, y debemos responder, porque lo sabemos: contra otros campesinos del país y del extranjero. Ahora bien, si las escuelas agrícolas “sirven a la agricultura” ayudando a los campesinos a competir entre sí ¿qué proponen para ayudar a los campesinos que han quedado fuera de la competencia? Bueno, como ya no se les considera campesinos, su situación no concierne más a los servidores académicos de la agricultura. Además, ahora disfrutan de la inestimable libertad de “buscar reentrenamiento e ingresar a otra línea de trabajo”. Y así, las escuelas de agricultura, que tienen el encargo de servir al hogar y la vida rurales, se abandonan a una histérica retórica de “cambio”, “el futuro”, “las fronteras de la ciencia moderna”, “el margen de reducción”, “la adopción anticipada” y sus equivalentes, como si nada hubiera que aprender del pasado ni nada que preservar en el presente. El concepto de los maestros y los académicos como los encargados de preservar y transmitir el conocimiento en los términos de un derecho cultural y natural común adquirido por nacimiento, ha sido casi totalmente sustituido por el concepto de los maestros y los académicos como personas responsables de desarrollar el “capital humano” y derramar ventajas económicas, La ambición es hacer de la universidad “un recurso económico” en una competencia por dinero y poder que es local, nacional y global. Por supuesto, todo esto funciona directamente contra el hogar y la vida rurales, porque funciona directamente contra la comunidad.

 

No se puede negar que la competencia es parte de la vida individual y comunitaria, o que es incluso útil y necesaria, cuando está sujeta a límites. Pero es igualmente obvio que ningún individuo puede llevar una vida buena y satisfactoria bajo las reglas de la competencia y que ninguna comunidad puede tener éxito como tal a menos que limite de alguna manera la competitividad de sus miembros. No podemos mantener nuestro “margen de competencia” si ayudamos a otras personas. Las ventajas de la “adopción anticipada” desaparecerían -no podrían concebirse en una comunidad que le otorgara su justo valor a la ayuda mutua. Tales ventajas no podrían ser consideradas por gente que intente amar a sus vecinos como a sí misma y es imposible que pueda haber alguna suerte de compromiso entre la competitividad local y nacional y el altruismo global. La ambición de “alimentar al mundo” o “alimentar a los hambrientos” que nace, como ocurre en la práctica, de la lucha a muerte entre campesinos, no se propone llenar estómagos sino devorar a los que menos tienen. Lo más extraño de todas las doctrinas del culto a la competencia, que aceptan la existencia de perdedores y ganadores, es que el resultado de la competencia sea inevitablemente bueno para todos y que los fines altruistas puedan encontrarse a través de un sistema que carece de motivos O intenciones altruistas.

 

En la agricultura, la competitividad durante la era industrial se ha basado en el cambio tecnológico acelerado y constante -el verdadero principio de la competitividad agrícola es el cambio cada vez más acelerado- y esto ha fomentado una dependencia constantemente creciente de los productos comprados, que se adquieren cada vez más lejos de casa. La comunidad, en cambio, aspira a la estabilidad. Lucha por equilibrar el cambio a través de la constancia. A esto se debe que la vida comunitaria le otorgue un valor tan alto a la buena vecindad, la fidelidad marital, la lealtad local, la integridad y continuidad de la vida familiar, el respeto a los ancianos y la instrucción de los jóvenes, y una comunidad vital abastece sus necesidades vitales, en la medida de lo posible, con base en fuentes locales de aprovisionamiento. Prefiere resolver sus propios problemas con intercambios de ayuda no monetarios, por ejemplo, y no a través de la compra de cosas. Una comunidad no puede sobrevivir bajo las reglas de la competencia. Las universidades con tierras concesionadas, sin embargo, se han atrapado en un absurdo lógico al defender el determinismo económico de los industriales, que finalmente puede resultar peligroso para ellas mismas. Si la competitividad es la norma económica y el “margen de competencia” es la única meta social reconocida, ¿cómo pueden justificar estas instituciones el apoyo público que reciben? En otras palabras, ¿por qué debe permitir el público que una corporación se enriquezca privadamente de la investigación que ha sido subsidiada públicamente?, ¿por qué no se les exige a las industrias que financien sus propias investigaciones y por qué las reglas de la competencia y el libre mercado -si realmente actúan como dicen- no habilitan a las industrias para que realicen sus propias investigaciones a un costo mucho menor que el de las universidades?

 

Finalmente, llegamos a una interrogante práctica, que no se puede responder por completo a través de los métodos empíricos: ¿pueden una universidad o una nación sufragar esta regla exclusiva de la competencia, esta economía puramente económica? La principal deficiencia de este enfoque es su carácter brutalmente reduccionista: no nos permite vivir y trabajar como seres humanos, como nos define lo mejor de nuestra herencia. Las ratas y las cucarachas viven gracias a la competencia bajo la ley de la oferta y la demanda: es privilegio del ser humano vivir bajo leyes de justicia y piedad. Resulta imposible no darnos cuenta de lo poco que tienen que decir los defensores de, ideal de competencia sobre la honestidad, que es la virtud económica fundamental, y lo poquísimo que tienen que decir sobre la comunidad, la compasión y la ayuda mutua. Pero lo que el ideal de competencia excluye más flagrante y desastrosamente es el afecto. Los afectos, como John Ruskin dijo, son “una fuerza anómala que vuelve ineficaces cada uno de los cálculos de los teóricos comunes de la economía política: aunque quisieran introducir este nuevo elemento en sus estimaciones, no pueden lidiar con él. Los afectos se convierten en una verdadera fuerza motriz sólo cuando ignoran cualquier otra fuerza motriz condicionada por la economía política. Si somos cuerdos, por lo tanto, no haremos a un lado o abandonaremos a nuestros niños pequeños o a nuestros ancianos padres porque sean demasiado jóvenes o viejos para trabajar. El afecto es el motivo fundamental para los seres humanos, porque es la fuerza que nos impulsa, como dijo también Ruskin, no es “energía, magnetismo o gravitación”, sino “el alma”.

 

Quisiera atreverme ahora a hablar sobre la economía desde el punto de vista del afecto -o del placer, como voy a llamarlo. Yendo un poco más allá del término utilizado por Ruskin, ya que el placer es, por decirlo de alguna manera, afecto en acción. Existen obvios riesgos al enfocar un problema económico de una manera francamente emocional al hablar, por ejemplo, sobre los placeres de la naturaleza y los placeres del trabajo. Pero no vale la pena hablar de estos riesgos, puesto que lo que quiero tratar aquí es la aflicción que sufrimos cada vez con mayor frecuencia como resultado de la pérdida de estos placeres.

 

Al principio, es necesario distinguir entre el placer verdadero o legítimo y el que no lo es. Sabemos que el placer puede resultar tan endeudante como la economía. Sin duda, algunas personas consideraron placentero, por ejemplo, que las labores más molestas de SU economía fueran realizadas por esclavos negros. Pero demostró ser un placer temporal y peligroso. Existió con base en un enorme endeudamiento, que no era pagadero en dinero sino en miseria, desperdicio y muerte. Los placeres de quemar combustible fósil y contar con la “seguridad” nuclear son similarmente endeudantes para el futuro, como ya empezamos a ver. Estos placeres son análogos en todas sus formas a los placeres autoindulgentes de los individuos. Son placeres que sólo nos permitimos tener en la medida en que podamos seguir ignorando o difiriendo sus consecuencias lógicas. Es innegable que existe placer en la competencia. Sabemos desde la niñez que ganar es divertido, pero probablemente empezamos a crecer cuando comenzamos a simpatizar con el perdedor; esto es, cuando comenzarnos a comprender que la competencia involucra costos al igual que beneficios. Algunas veces, tal vez, como en los juegos más inocentes, todos los beneficios son para el ganador y todos los costos para el perdedor. Pero cuando la competencia es más seria, los intereses más altos y se utiliza mucho más poder, sabemos que el ganador comparte el costo, en ocasiones desastrosamente. En la guerra, por ejemplo, aun el ganador pierde y esto resulta igualmente cierto para nuestra economía actual: en la competencia económica ilimitada los ganadores son perdedores: el hecho de que puedan aparecer como ganadores se debe únicamente a su habilidad temporal para cargarle los costos a otra gente o a la naturaleza.

 

Pero una victoria sobre la comunidad o la naturaleza puede ganarse únicamente a costa de todos. En los Estados Unidos, por ejemplo, existen actualmente paisajes que han sido derrotados -temporal o permanentemente- por excavaciones, tala, envenenamiento, cultivos deficientes o diferentes estilos de “desarrollo” que han subyugado estos sitios para fines humanos. Estos paisajes han sido derrotados para beneficio de los que pretenden que son paisajes victoriosos: la urbanización suburbana y los lugares de entretenimiento (parques y zonas de reserva recreacionales), de quienes, hasta ahora, son ganadores en la economía. Pero estos paisajes victoriosos y su población ya están pagando los costos de la derrota de otros paisajes: en la contaminación del aire y del agua, la sobrepoblación, los precios inflados y diversas enfermedades físicas y mentales. En algún momento el costo se pagará con escasez o necesidad de los bienes básicos.

 

¿Sería posible ver más allá de esta “prisa” consumista de ganar y perder, hacia los espacios rurales, hacia una nación formada por estos espacios, en la cual uso no fuera sinónimo de derrota? Sin duda, más para poder hacerla debemos considerar nuestros placeres. Todos sabemos ya por la experiencia nacional y la propia, de ciertos placeres que son anulados por sus costos y algunos de ellos tienen como resultado pérdidas y miserias irremediables. Por ello es natural preguntarse si en verdad existe el fenómeno de los placeres netos, esto es, placeres gratuitos o que no representen un costo permanente. Y sabemos que los hay. Son los placeres que tenemos en nuestras vidas, en nuestros propios desvelos en este mundo y en la compañía de otras personas y otras criaturas -placeres innatos a la Creación y nuestro propio trabajo bueno. En estos placeres gozamos de la semejanza con Dios de la que se habla en el Génesis. “Este mundo curioso en el que vivimos es más maravilloso que conveniente, más bello que útil, más para ser admirado y gozado que utilizado”. Esto lo dijo Henry David Thoreu a su grupo de graduados de Harvard en 1837. Podemos suponer que a la mayoría les sonó extraño como seguramente le sonaría a la mayoría de los graduados de Harvard de la generación de 1987. Pero tal vez nosotros podríamos tener el valor de tomarlo en serio, si reconocemos que esta idea no es algo que Thoreau se haya sacado de la manga. Cuando lo expresó, muy probablemente estaba recordando el Apocalipsis 4:11, “Digno eres, ¡oh Señor nuestro!, de recibir la gloria y el honor y el poderío, porque creaste a todas las cosas y por tu placer subsisten y fueron creadas”. El que Dios haya creado “todas las cosas” resulta en sí mismo un pensamiento incómodo, pues en nuestro mundo cotidiano difícilmente podemos evitar preferir algunas cosas en lugar de otras y esto hace que resulte muy difícil, imaginar el no hacerlo. El que Dios haya creado todas las cosas para su placer y que sigan existiendo porque a El le place es sin duda una doctrina formidable, tan alejada del utilitarismo “antropocéntrico” que algunos críticos dicen encontrar en la Biblia, como de la malhumorada espiritualidad de muchos cristianos. Quizás sería tonto sugerir que el placer de Dios en todas las cosas podría ser totalmente comprendido o apreciado por simples humanos. De cualquier manera, el pasaje sugiere que nuestra experiencia religiosa más verdadera y profunda puede ser el simple e incuestionable placer de la existencia de otras criaturas que hacen posibles a los humanos. Sugiere que el placer de Dios en todas las cosas debe ser respetado por nosotros al hacer uso de u ellas, incluso cuando hacer esto con algunas de ellas nos resulte desagradable. Sugiere también que tenemos la obligación de preservar el placer de Dios en todas las casas y esto significa obviamente, no sólo que no debamos mal utilizar o abusar de algo, sino también que deben existir algunas cosas y algunos lugares que por común acuerdo no usemos en lo absoluto, permitiendo que permanezcan salvajes.

 

Este generoso y hermoso pensamiento de que todas las criaturas son agradables para Dios -y por lo tanto lo son potencialmente también para nosotros- es impensable desde el punto de vista de una economía que desprecia completamente la capacidad de la gente para amar lo que hace, lo que utiliza, el lugar en el que vive ya las demás personas y criaturas con las que vive. Puede argumentarse que nuestra sociedad se dedica al placer más que cualquier otra sociedad en el pasado, que sostenemos una gran variedad de industrias de placer que son más prósperas que nunca. Pero esto sólo refuerza mi posición. El que puedan existir industrias de placer de cualquier tipo que explotan sin límites nuestra aparente incapacidad de ser complacidos, sólo puede significar que nuestra economía está divorciada del placer, que abandonó nuestros lugares de trabajo y nuestros hogares. Nuestros lugares de trabajo se han entregado cada vez más exclusivamente a la producción y los lugares que habitamos al consumo. Y esto ocurre por cuenta de la acelerada división de nuestra nación en paisajes derrotados y paisajes victoriosos (pero amenazados). Con mayor frecuencia damos por hecho que el trabajo debe estar carente de placer. Y cada vez más frecuentemente asumimos que para obtener satisfacción debemos esperar hasta la tarde, el fin de semana, las vacaciones o el retiro. Y cada vez más nuestros campos y bosques parecen fábricas y oficinas, las cuales se parecen cada vez más a prisiones -¿por qué otra razón estaríamos tan ansiosos de escapar de ellas? Reconocemos tierras que han sido derrotadas porque ya no pueden dar placer. Nos derrotan en el trabajo porque ya no nos brinda placer alguno. Nos derrotan en nuestra casa porque no tenemos un trabajo placentero en ella. Recurrimos a las industrias de placer para aliviarnos de nuestra derrota y somos derrotados una vez más por nuestras propias industrias que progresan y crecen a costa de nuestra insatisfacción. ¿En dónde está finalmente nuestro bienestar, sino en la gracia y la belleza misteriosa de este mundo libre y sin complicaciones, no creado por nosotros y que no tiene precio? ¿en dónde está nuestra cordura sino ahí?, ¿en dónde está nuestro placer sino en trabajar y descansar plácidamente en presencia de este mundo? Y en una economía apropiada, nuestro placer no sería meramente un agregado, un subproducto o una recompensa, sino una forma de fortalecer nuestro trabajo y su indispensable medida. El placer, como dijo Amanda Coomaraswamy, perfecciona el trabajo. Para poder tener comodidad y placer hemos mecanizado, automatizado y computarizado nuestro trabajo. Pero, qué es lo que hace esto sino separarnos cada vez más de nuestro trabajo y nuestros productos -y en el proceso separarnos a uno del otro y del mundo ¿Qué han hecho los agricultores cuando han computarizado y mecanizado sus granjas? Se han eliminado a sI mismos y el placer de su trabajo.

 

Fui afortunado al conocer al ya entrado en años Henry Sesuden, del condado de Clark, en Kentucky. Era el principal criador de ovejas de la región del sur y un gran campesino de su época. Una vez me dijo que su primera obligación en las mañanas, durante la primavera y a principios del verano, era ensillar su caballo y correr por el campo, para revisar las condiciones de la hierba cuando estaba más fresca por la humedad y el rocío de la noche. Lo que quería ver en sus campos en esa época del año, cuando sus corderos saltarines estaban en engorda, era lo que él llamaba “florecimiento” -y con este término no se refería a las flores, sino a cierta condición de visible deleite. Desde luego, veía placer para él. Era uno de los mejores ganaderos tradicionales: no estaba interesado en “los indicadores estadísticos” o en la “productividad” de sus rebaños. Quería que sus ovejas estuvieran a gusto; si estaban a gusto con su pastura comerían con ganas, beberían bien, descansarían y crecerían. Sentía como propio el placer de sus ovejas. La ironía casi intolerable de nuestra insatisfacción es que hemos eliminado el placer de nuestro trabajo con el propósito de eliminar el “trabajo penoso” de nuestras vidas. Si yo pudiera tomar cualquier regla de la economía política industrial para que fuera sometida a una revisión completa por nuestra gente, escogerla la que dice que todo el trabajo físico fuerte es “trabajo penoso” y que no vale la pena hacerlo. Por supuesto, hay muchas cuestiones en torno a este tema: ¿qué es el trabajo?, ¿en interés de quién se hace?, ¿dónde y bajo qué circunstancias?, ¿en compañía de quién?, ¿durante cuánto tiempo?, etc. Pero este tema es personal y por eso necesita ser reexaminado por todos. El argumento, si lo es, sólo puede proceder con base en el testimonio personal. Puedo decir, por ejemplo, que la cosecha de tabaco de mi tierra natal involucra el trabajo más duro que haya hecho jamás. Durante la mayor parte de mi vida, desde mi niñez hasta ahora, he tomado parte en la cosecha del tabaco. Este trabajo se hace normalmente entre fines de agosto y principios de octubre. Por lo general el clima es caliente y normalmente tenemos mucha prisa. El trabajo exige mucho y a menudo, por el clima, debe hacerse en condiciones de emergencia. Debido a que todo el trabajo debe hacerse a mano, la actividad ha mantenido gran parte de sus viejas características. Es exactamente la clase de cosas que los expertos en agricultura han tenido en mente cuando hablan de liberar a la gente del trabajo penoso. Que la cosecha del tabaco pueda ser un trabajo penoso es obvio. Si hay un exceso de tabaco, si se hace durante demasiado tiempo, si uno no tiene interés en hacerla, si uno es incapaz de reconciliarse con la miseria que involucra, si a uno no le gusta o no disfruta de la compañía de los compañeros de trabajo, sería apropiado hablar de él como de un trabajo penoso. Para mí; sin embargo, y creo que para la mayoría de los hombres y mujeres que han sido mis compañeros en este trabajo, no ha sido un trabajo penoso. Ninguno de nosotros diría que nos proporciona placer durante todo el proceso o todo el tiempo, pero sI nos proporciona placer y en ocasiones este placer puede ser intenso y claro. Muchos de mis más queridos recuerdos provienen de estas épocas de trabajo intenso. La cosecha de tabaco es el acontecimiento social más prolongado de nuestro año. Los vecinos trabajan juntos y permanecen así durante todo el día, todos los días, a lo largo de varias semanas. La tranquilidad de este trabajo no es interrumpida por ruidos de máquinas, así que hay mucha plática. Está la plática relativa al trabajo mismo. Hay especulaciones constantes acerca del clima. Hay mucha risa; por la dificultad del trabajo, cualquier cosa chistosa o divertida resulta sumamente grata. Y esto deja recuerdos.

 

La cuadrilla a la que pertenezco es producto del parentesco y de amistades que se remontan a mucho más tiempo atrás; mis primeros encuentros con ellos ocurrieron hace 40 años. Mientras trabajamos no sólo tenemos que portarnos bien ante nosotros, la cosecha y los campos actuales, sino también otras cosechas y campos que recordamos. Se vuelven a contar viejas historias, los muertos y los ausentes son recordados. Algunas de las mejores conversaciones que he escuchado jamás las he escuchado en ese tiempo y me siento especialmente conmovido al pensar en el cuidado que se tomaron algunas veces para hablar bien -esto es, hablar adecuadamente- de los muertos y de los ausentes. Uno siente que la conversación es ancestral. La conversación efectuada en los establos y en los camellones debe remontarse sin interrupción hasta los primeros campesinos. Cuánto tiempo podrá seguir existiendo es en la actualidad una pregunta difícil de responder; quizás no será por mucho tiempo, pero no lo sabemos. Sólo sabemos que mientras dure nos puede conducir muy profundamente hacia nuestra vida compartida y hacia la felicidad de la agricultura. Frecuentemente hemos tenido con nosotros al hijo o a los hijos de alguien, jugando en el granero o alrededor de nuestro terreno mientras trabajábamos. Esos han sido nuestros mejores días. Una de las cosas más lamentables al en la industrialización del trabajo es la segregación de los niños. Así como el trabajo industrial excluye la muerte debido a la movilidad social y al cambio tecnológico, también excluye a los niños debido a la prisa y al peligro. La pequeña escala y el trabajo manual de nuestra cosecha de tabaco permiten márgenes temporales y espaciales que se adecuan al juego de los niños. Los niños juegan en el trabajo de los adultos como si fuera su propio juego. Y jugando los niños aprenden a trabajar y a conocer a sus mayores y a su país, además de que la presencia de niños jugando significa invariablemente que de vez en cuando los grandes también juegan. (Estoy obviamente enterado de los problemas y las controversias acerca del tabaco. He hablado aquí de la cosecha del tabaco sólo porque es el único trabajo agrícola que queda en mi tierra natal que todavía involucra la buena vecindad tradicional.)

 

Finalmente, en el argumento sobre el trabajo y sobre cómo debe hacerse, lo único que uno puede ofrecer es el propio placer. Según he aprendido una y otra vez, es posible estar en el lugar de uno mismo con tanta compañía, silvestre o doméstica, y sintiendo tanto placer, que uno no puede pensar en otro lugar en el que uno prefiriese estar -o en ningún otro lugar en lo absoluto. Uno no extraña o siente pena por el pasado ni teme al futuro. El estar ahí simplemente lo es todo y es suficiente. Estos momentos le dan a uno la norma principal y la razón fundamental para el propio trabajo. El pasado diciembre, cuando mi nieta Katie acababa de cumplir cinco años, se quedó a pasar un día conmigo mientras el resto de la familia salía. Por la tarde atamos un grupo de caballos a la carreta y acarreamos una carga de tierra para el suelo del granero. Era un día frío, pero el sol brillaba; acarreamos nuestra carga de tierra sobre la vereda de grava, limitada por árboles, que está junto al riachuelo, un camino bien conocido por su madre y por la mía cuando eran niñas. Al avanzar Katie guió a los caballos por primera vez en su vida. Lo hizo muy bien y estaba orgullosa de sí misma. Dijo que su madre estaría orgullosa de ella y yo le dije que yo lo estaba. Terminamos nuestro viaje al granero, descargamos nuestra carga de tierra, la emparejamos sobre el suelo del granero y la mojamos. Para cuando volvíamos por el camino del riachuelo, el sol se había puesto detrás de la colina y el aire se había vuelto desagradable. Katie se sentó junto a mí en la carreta y no dijimos nada por un buen rato. Yo no dije nada porque tenía miedo de que Katie no hablara por tener frío y sentirse sola y desdichada y tal vez nostálgica. Era imposible apresurarse mucho y yo no estaba seguro de cómo consolarla. Pero entonces, después de un rato, ella dijo: “Wendell, ¿a poco no fue divertido?”

 

Traducción de Gracia Esteva.

 

 

Notas

 

1 Después de aparecer como artículo de revista, se reprodujo en What ale people fOI (San Francisco: North Point Press, 1990).

 

2 “Reagan solicita un esfuerzo para encontrar usos comerciales a los superconductores”. Louisville Couliel-Joumal. Julio 29, 1987, pág. A3.

 

3 John Ruskin, Unto this last (Uncoln: University of Nebraska Press, 1967) pág. 11.

 

 

4 Reed Karalm, “Loss of millions farms in 14 years projected”, Des Moines Register, marzo 18. 1986. P. lA.

 

5 Las land-grant universities de los Estados Unidos son universidades a las que el Estado ha entregado tierras para que realicen en ellas investigaciones y experimentaciones asociadas con la vida y las necesidades de la región en que se encuentran (N. del T.)

 

6 Estos son los términos empleados por la Ley Hatch, del Código de los Estados Unidos. Sección 3615.

 

7 Ruskin. Unto this last. pág. 16.

 

8 Cartas familiares, de Henri David Thoreau. ed. F.B. Sanbom (Boston y Nueva York: Houghton Mifflin. 1984), pág. 9.

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