El bisonte, Búfalo Bill y el capitalismo

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Babel

Javier Hernández Alpízar

Transmitieron en Once TV un programa sobre el bisonte americano, especie en peligro de extinción. Mencionaron un dato que había leído en el libro de Marvin Harris Bueno para comer. En el territorio de lo que actualmente llamamos los Estados Unidos, los colonizadores blancos mataron masivamente bisontes americanos como una forma de minar los recursos vitales de los indios norteamericanos, quienes habían logrado convivir con las manadas masivas de esos rumiantes cazando solamente los necesarios para comer y tener pieles para vestir y fabricar sus tiendas.

Recordaron a un personaje, Búfalo Bill, quien se hizo famoso por matar a muchos bisontes, en número tal que su “leyenda” marca hasta mil quinientos en un día. Marvin Harris señala que el avance del tren de vapor fue el avance de cazadores, o mejor: exterminadores, de bisontes, eficiente hasta llevarlos a la situación de estar casi extintos.

En el norte de México, en Chihuahua, algunas decenas de bisontes viven en un rancho, como parte de un programa para tratar de evitar la desaparición de un animal que acompañó al ser humano desde la prehistoria. Su imagen fue dibujada en las pinturas rupestres en las cavernas de varios lugares del mundo. John Berger ha escrito, en uno de los ensayos de La forma de un bolsillo, que esos dibujos del arte rupestre reflejan un conocimiento profundo del hombre que los trazó acerca de esa fauna con la que convivió.

Muy probablemente los cazadores nómadas asiáticos que cruzaron el Estrecho de Bering para llegar a Norteamérica venían siguiendo a esos rebaños de bisontes, base de su vida y cultura, animal totémico y sagrado para ellos.

Saber que un animal que está tan íntimamente ligado al desarrollo de nuestra humanidad está en peligro de extinción porque los colonizadores europeos querían dominar el territorio de la Confederación de las Naciones Indias (inspiradora del modelo político de las colonias americanas y, como diría Ernesto Cardenal, la ONU de los pueblos indios de América del Norte) para introducir su agroindustria y su ganado vacuno, base de su alimentación diferenciada, cortes gourmet para los ricos y grasa y carne de segunda para las hamburguesas, me hizo recordar algunos comentarios de viejos profes.

Bolívar Echeverría, comentando a autores como Braudel y Norbert Elías, comentaba que la historia de la humanidad es la historia de una gran emigración, un gran viaje o peregrinar. La humanidad nace en el sur de África, emigra hacia al Norte y se divide en dos grandes migraciones: la principal va hacia Oriente, buscando los lagos, ríos (Nilo, Ganges…), con la imagen de una naturaleza pródiga, generosa con sus hijos, donadora de vida, sagrada (la Pachamama, como la llaman en América del Sur) y una migración a contramano de ella, hacia Europa, a Occidente, a enfrentar condiciones más difíciles y desarrollar un concepto de la naturaleza como un enemigo a derrotar, un lugar agrestre que se hace rendir con agricultura ruda, duro trabajo y desarrollo de la técnica para forzar a la tierra a dar su fruto. Las sociedades orientales, de Egipto a China, serían fruto de esa relación con el agua y la naturaleza verde, donde se desarrollan poblaciones numerosas, mano de obra esclava y una tecnología de despotismo social. Las de Occidente serían las civilizaciones que desarrollan la tecnología para explotar la tierra, siempre enemiga, hostil (recuerden que en todos los relatos maravillosos el bosque es un lugar tenebroso, lleno de seres malvados, y actualmente el cine americano tiene filmes de miedo a todo lo natural: animales, plagas, desastres naturales, seres monstruosos que salen de la naturaleza y de los países de Oriente o del Sur).

El mito del paraíso sería una narración de esa fractura, abandono de la tierra feraz que lo da todo en abundancia (la tierra de Oriente) para ser expulsados a donde se logra todo sólo con duro trabajo y lágrimas (Occidente).

Enrique Dussell, comentando un libro de Tzvetan Todorov, comentaba que el encuentro entre los conquistadores españoles y los aztecas es el contacto del extremo Occidente, la Península Ibérica, y el extremo Oriente: los indígenas americanos, descendientes de las migraciones mongólicas que cruzaron el Estrecho de Bering. Por ello cuando los encomenderos españoles pedían a los esclavos indígenas arar la tierra, a los indios les parecía una grave profanación, era rajar el vientre de la Madre Tierra, como abrirla con un cuchillo, forzarla, ya que ellos sembraban, depositaban la semilla, con una coa.

Ese mismo encuentro de extremo Oriente y extremo Occidente es el que recordaba al inicio. El extremo Occidente con sus armas de fuego, su tren, sus caballos (ese que el cine y la industria estadunidense han tratado de idealizar con sus filmes western y su cancerígeno anunciado como fumar en “el mundo de Marlboro”) frente al extremo Oriente de la Confederación de Naciones Indias que vivían respetando lo sagrado, la tierra, el tótem bisonte, hermanado con los humanos desde la prehistoria (Cf: .la carta del jefe Seattle). En Mesoamérica, Quetzalcóatl, numen que representa la tierra, la naturaleza madre, sería el dragón que en Oriente es básicamente bueno o de buen augurio, a diferencia de Occidente, donde el dragón y el reptil son símbolos de la bestia enemiga, de lo otro hostil a vencer y derrotar (San Jorge mata al dragón).

La tendencia predadora triunfó por circunstancias varias, principalmente porque se impuso la técnica ya desarrollada como tecnología, no solamente el instrumental frente a la naturaleza, sino un instrumental frente al trabajo humano: la subordinación del trabajador a la máquina: el capitalismo.

No hizo la diferencia un imperio, porque imperios los hubo y hay en Occidente y en Oriente, igualmente esclavistas, igualmente conquistadores, bárbaros. Hizo la diferencia el capitalismo, no sólo la técnica o la tecnología, cuyos principios para hacer artefactos conocían los chinos en Oriente. Hizo la diferencia la visión de la tierra y del otro, el otro ser humano como elementos a conquistar, dominar y explotar. Hizo la diferencia el haber dominado las fuerzas de la naturaleza mediante el mejor método para esclavizar, cosificar y acumular el trabajo humano: la relación capitalista.

La humanidad de la migración a Oriente con su idea de una naturaleza madre, (Pachamama) sagrada, pródiga, generosa, fue conquistada en América, África y Asia, por la humanidad de la migración a Occidente (Europa y luego Estados Unidos y la URSS), con su idea de desarrollo industrial infinito en un planeta finito. Idea insustentable desde su raíz: rasgar el vientre de la Madre Tierra para arrancarle sus frutos por la fuerza, de la agricultura al extractivismo minero y petrolero.

Al matar a los bisontes americanos, no solamente Búfalo Bill sino el capitalismo, mataban las raíces de lo que nos hizo humanos en nuestros orígenes: nuestra relación con el mundo, con la tierra, con los seres que en ella viven y nos acompañan. No es suficiente resolver esto ahora a nivel filosófico, epistémico o fenomenológico: la raíz del capitalismo está en la forma de una economía de guerra contra los pueblos y guerra contra la madre tierra. Mientras no alcancemos una paz política y una paz ecológica, ecuménica, como el ideal de la Confederación de Naciones Indias, el bisonte y la naturaleza toda serán tratados como enemigos y no como compañeros del vivir humano. Migrar al origen, a la mamá África, a la madre tierra, a donde aún no éramos los asesinos de nuestro propio sustento, es una tarea si no imposible, al menos radicalmente incompatible con todo contemporizar con el desarrollismo capitalista, industrial, imperial y bélico que hoy nos domina.

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