11 razones por las que nunca leí a Jane Jacobs en la escuela de arquitectura

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Posted el11 febrero 2010 by in 6. Ciudadanos, Los Arquitectos, Los Urbanistas

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Nombrar a los 100 pensadores urbanos más importantes de la historia. Ese fue el desafío que Planetizen lanzó a sus lectores el año pasado, para saber así a través de sus votos quién era quién en la historia del urbanismo y la planificación. Es cierto, hay algunos puestos más que discutibles (Andrés Duany en el segundo lugar, Le Corbusier sólo en el 26), más de alguna lamentable omisión (Lucio Costa, Oriol Bohigas, nada de raro en electores mayoritariamente norteamericanos), o inclusiones que son un chiste (el príncipe Carlos en el lugar 71, Walt Disney en el puesto 59. ¡Walt Disney!). En lo que no hay mayores dudas es en el número 1, sitio reservado con largueza a Jane Jacobs, urbanista, escritora y activista, quien en 1961 remeció la manera de ver la temática urbana al publicar The Death and Life of Great American Cities (La Muerte y Vida de las Grandes Ciudades Norteamericanas), una crítica feroz a la planificación centralizada propia del modernismo, y un llamado a la comunidad para la defensa activa de una vida de barrio amenazada por la megalomanía de los grandes proyectos habitacionales y de infraestructura propios de aquel entonces (y de hoy día para hacer honor a la verdad).

Cualquier persona ligada profesional, sentimental o académicamente a los temas urbanos tiene muy claro que el legado de la señora Jacobs está más vigente y extendido que nunca, si hasta salió a escena en la última campaña presidencial del país del norte, donde Barack Obama se lució citándola en un mitin ciudadano. Referencia obligada de cualquier libro que trate de nuevo urbanismo, smart growth, o como quieran llamarle a las tendencias de moda, su nombre está íntimamente asociado a una manera de enfrentar el problema urbano desde una perspectiva siempre originada en la visión de los ciudadanos y la escala del barrio. Sin embargo, y a pesar de toda esta bien ganada fama, debo admitir que su nombre me fue un absoluto misterio hasta que llegué a estudiar a Estados Unidos, donde, tal como expresé anteriormente, su figura tiene varios miles de seguidores. Y es que durante mis años de estudiante en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica el nombre de la señora Jacobs jamás salió al baile, ni siquiera para ser denostado; sus textos nunca fueron leídos, nadie jamás la citó, y no me extrañaría que su libro ni siquiera estuviera en las estanterías de la biblioteca, que dicho sea de paso no era nada de mala. Es como si en la escuela de música no escucharan jamás los nombres de Beethoven o Mozart, o en la psicología nunca se repasara a Freud. ¿Por qué tan flagrante omisión? ¿Hay alguna explicación sensata para la ausencia de Jane Jacobs en clases donde sin embargo se mencionaba a gran parte de los otros integrantes de la lista de Planetizen? Me atrevo a señalar once razones que a mi juicio podrían explicar tan ruidoso silencio.

  1. Porque no era arquitecta, y por lo tanto sus palabras no tienen eco en una escuela altamente ensimismada en la disciplina. Quizás como personal revancha por su creciente exclusión de la agenda pública y el generalizado ninguneo del resto de la sociedad, el arquitecto comúnmente rechaza de plano echarle un vistazo a un libro o conocer la obra de alguien ajeno a la profesión. Es altamente probable que el arquitecto aplicado conozca a la perfección la última obra de desconocidos colegas finlandeses aparecida en Arkkitehti, pero probablemente no tenga la menor idea de autores como Saskia Sassen, Edward Soja o Donald Shoup, personajes destinados al mismo cajón de la ignorancia ocupado desde hace décadas por Jane Jacobs en Chile.
  2. Porque la señora aborrecía a los planificadores, y por extensión a los arquitectos, recordando de paso que gran parte de los mejores sitios urbanos responden a áreas generadas por personas sin mayores estudios pero dotadas de un gran sentido común.
  3. Porque detestaba la arquitectura moderna. Fernando Pérez, destacado profesor que era decano de mi facultad en mis tiempos de estudiante, casi sufrió un infarto cuando alguien cometió la imprudencia de darle la noticia que Le Corbusier había muerto varias décadas atrás (afortunadamente al poco tiempo se recuperó y pudo seguir haciendo clases normalmente, aunque una triste sensación de abandono se alojó desde aquel entonces en su mirada perdida). En un ambiente así jamás será vista con simpatía una señora – más encima ajena a la disciplina – que tiene la desfachatez de culpar al movimiento moderno de gran parte de los males que azotan nuestras ciudades.
  4. Porque su libro emplea un lenguaje demasiado simple, lleno de historias personales o anécdotas de amigos para explicar sus observaciones, rebajando el tema urbano al alcance de cualquier mortal, algo que le produce urticaria a no pocos arquitectos que gustan de mantener a la ciudad y sus problemas en un Olimpo de difícil acceso para el lego en la materia.
  5. Porque le daba demasiada importancia voz a la comunidad en la agenda urbana, algo que de pensarlo provoca convulsiones a más de un arquitecto temeroso de tener que dialogar y acoger las aspiraciones de una tropa de ignorantes que no cuentan con la necesaria altura o sensibilidad para discutir sobre temas que debieran permanecer en el ámbito más elevado posible.
  6. Porque su libro no tiene ilustraciones en su interior, y si no hay dibujos o fotos a colores el texto deja inmediatamente de poseer algún interés para gran parte de los arquitectos.
  7. Porque su libro es viejo, y por lo tanto se supone que lo que se lee en su interior no está al día o resulta de muy poca utilidad en ciudades que en 50 años vieron la aparición de inventos que para la señora Jacobs sólo existían en las revistas de Flash Gordon.
  8. Porque su libro es feo, y su tosca encuadernación y papel barato se ven mal en la decoración de la casa, especialmente si está al lado de SMLXL de Rem Koolhaas, la colección completa de El Croquis, o el ladrillo (más bien adobe) literario de Don Arquitectura, las obras completas de Alberto Cruz. Si hasta la impresión es poco atractiva, pareciendo una fotocopia del original publicado casi cinco décadas atrás.
  9. Porque cuesta un mundo encontrar una versión en español, y leer en inglés un libro sin monitos en su interior es un sacrificio que pocos arquitectos chilenos están dispuestos a asumir.
  10. Porque la señora Jacobs no es europea, que si hubiera sido catalana otro gallo cantaría, y a lo mejor sí sería de buen gusto citarla y tenerla al lado de los libros caros de Koolhaas o Zaha Hadid.
  11. Porque su libro es una buena lata, y quizás sea esta la razón más poderosa de todas, que finalmente es realmente duro terminar sus 448 páginas, llenas de anécdotas y poco dato duro, una verdadera cura para el insomnio que transcurre a paso de elefante y que perfectamente se puede instalar junto a Ulises o Rayuela en el grupo de libros que se citan mucho pero que muy pocos son capaces de terminar de leer, aquellos donde el sufrido lector anda más pendiente de cuántas páginas faltan para el final o echa rápidos vistazos a los siguientes capítulos para ver si la cosa se pone un poco más entretenida más adelante, lo que no ocurre en el caso de la señora Jacobs, que en mi modesta opinión hace observaciones demasiado interesantes como para ser escritas en un estilo que linda en lo soporífero. Sí, a lo mejor alguien de la escuela de arquitectura de la Católica sí leyó a Jane Jacobs, y decidió que sus alumnos estaban demasiado faltos de sueño como para más encima arrojarles a la lectura de un verdadero Rivotril de papel. Vaya a saber uno.

¿Anula este último punto la importancia que a mi juicio tiene su persona en el urbanismo de hoy en día? En absoluto, que después de todo sus páginas reflejan fielmente el testimonio de una visionaria que con varias décadas de anticipación adelantó gran parte del discurso ciudadano hoy en boga. Todos aquellos que nos hemos consagrado profesionalmente a los temas urbanos le debemos estar eternamente agradecidos, que si hay un gran mérito de la señora Jacobs es habernos recordado que la ciudad es una invención hecha para ser gozada, y donde antes que nada debe imperar el sentido común, el que, querámoslo o no, generalmente abunda en las personas que la habitan.

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