Un mundo sin Dios, pero con Diablo

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Babel
Un mundo sin Dios, pero con Diablo
Javier Hernández Alpízar
El chiste que incluye Freud en su estudio El chiste y su relación con el inconsciente es acertado. Dice: “No solamente no creía en los fantasmas, tampoco les tenía miedo”. En el caso de Dios y el Diablo, no es lo mismo creer o no creer en ellos que tenerles o no tenerles miedo. Para efectos prácticos, una gran parte de la humanidad se ha modernizado hasta el grado del ateísmo. Sin necesidad de haber leído a Nietzsche e incluso, si lo han leído, sin necesidad de haberlo entendido, viven en el mundo en el cual Dios ha muerto.
El ateísmo es hoy una religión masiva, pero la creencia supersticiosa en el Diablo no ha retrocedido en la misma medida, quizás porque la experiencia del mal en el mundo es incontestable (¿y no hay experiencia del bien o solemos no contarla?) o debido al cine y las secuelas de El exorcista. Lo cierto es que no hemos podido exorcizar el temor al Diablo del mismo modo que exorcizamos (o eso creemos) el temor a Dios.
El sacerdote Francisco Maza, integrante de la redacción de Proceso, publicó hace años un libro llamado El Diablo, Orígenes de un mito (editorial Océano). El autor explicó en entrevista a ese semanario, con motivo de la publicación de su libro, que si anuncia una conferencia sobre la palabra de Dios probablemente llegará el día de la conferencia a hablar con un auditorio vacío o acaso con la pocas ancianas beatas de la parroquia, pero si anuncia una conferencia sobre el Diablo, entonces tendrá un auditorio lleno y expectante. El Diablo es taquillero.
Sin embargo, el libro decepcionaría a los morbosos que esperan de él revelaciones de demonología. Se trata de una opinión erudita y escéptica: se puede ser católico, y ortodoxo: no herético en nada, pero no creer en la existencia del Diablo y del infierno. Las palabras hebreas que dieron origen a las palabras diablo e infierno designaban originalmente un rol social: el acusador o fiscal en un litigio, profesión odiosa y demonizable que terminó siendo una injuria: diablo, y el nombre del lugar donde tiraban y quemaban la basura, inmundicia y horno que dio nombre a la imagen del infierno.
Maza cuestiona a los creyentes: si creen en un Dios bueno, ¿cómo pueden creer que ese Dios creara a seres poderosos y malvados para atormentar eternamente a los pecadores contumaces?, y ¿creen acaso que permitiría a esos seres venir al mundo y atormentar a niñas o jovencitas como la historia de la película que hizo famoso al Diablo y que lo ha hecho para la imaginación contemporánea más real y presente que el propio Dios? No obstante, el Diablo es un tema taquillero en cine, y marketing seguro, por ejemplo, para ruidosas bandas de rock.
Si es poco razonable para un creyente en Dios que el pueblo creyente sea capaz de creer en el Diablo y el infierno, que son una injuria, una calumnia y difamación para el Dios en el cual creen, algo aparentemente aún más extraño es el caso del mundo ateo que no ha aparejado a la muerte de Dios la muerte del Diablo. Son como ese personaje de Pedro Páramo que dice no creer en la existencia del cielo sino solamente en la del infierno. Un mundo orgulloso de su ateísmo pero aterrado debido a su supersticiosa creencia en el Diablo.
La pregunta es: si la certeza es que el mal es evidente, irrefutable, y no podemos negarlo, y si acaso alguien ha tenido alguna vez la experiencia del bien, ¿cómo se explica la presencia misteriosa del bien en ese mundo infernal y dominado por el mal del que casi nadie parece dudar? No obstante el bien no es taquillero, lo que atrae masas es el espectáculo de la tortura, la crueldad, la sevicia, la guerra, el crimen. Un mundo en el que si hubiera un ser bueno lo llamarían tonto.
Tal vez en su creencia y terror en el Diablo y su incapacidad para creer en el bien, un mundo incompleta y falsamente secularizado tiene lo que se merece: en el pecado lleva su penitencia. Si Nietzsche hubiera anunciado la muerte del Diablo, no sería el best seller para adolescentes rebeldes que es.
El ateísmo más importante de esa época, la muerte de Dios que valdría la pena anunciar para un futuro liberador, sería la muerte del dinero, como dice Enrique Dussel, ese es el verdadero Dios en el que cotidiana y acríticamente la casi totalidad de los seres humanos cree. Comparada con esa religión, la creencia supersticiosa en el Diablo es apenas un negocio subsidiario.

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