Temacapulín: la imagen de México

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Temacapulín: la imagen de México

Javier Hernández Alpízar

“Lo que no es bueno para la comunidad local, no puede ser bueno para la nación.” Wendell Berry.

“Un poderosa clase de vándalos profesionales itinerantes está ahora saqueando el país y dejando basura.’ No se habla de su vandalismo por su nombre en virtud de su enorme redituabilidad (para algunos) y la gran magnitud de su escala. Si uno arruina un hogar, eso es vandalismo. Pero si, para construir una planta de energía nuclear, uno destruye buena tierra de labranza, desgarra la comunidad local y pone en peligro vidas, casas y propiedades dentro de un área de varios miles de kilómetros cuadrados, eso es progreso industrial.” Así lo escribió hace décadas Wendell Berry, comentando una reunión en Madison, Indiana, en la cual se enfrentaban (porque las imposiciones no son “diálogos”), por un lado, los pobladores locales y, por otro, los tecnócratas del poder que tenían ya establecido que pondrían, aun contra la voluntad de la comunidad afectada, una planta nuclear. Wendell Berry explicaba que en la “competitividad” (la imposición del más fuerte) había siempre muchos seres humanos derrotados, pero también paisajes derrotados, destruidos por esas hordas de vándalos profesionales al servicio del poder. Sin embargo, esos paisajes derrotados son la imagen de que en realidad no hay vencedores, los derrotados somos todos, porque todos dependemos de esos lugares antes vivos y hoy destruidos y desolados.

Una educación alienante, desarraigante, es una de las causas de semejante destrucción, que Wendell Berry veía en su ámbito local en los Estados Unidos, pero que hoy podemos ver en México: Temacapulín como una pequeña imagen hologramática de todo el país, amenazado de inundación por esa horda de bárbaros profesionales, violentado por el poder más enajenado de la historia del país, al menos del siglo XX a esta parte. Así lo expresó el pensador local-global: “Para poder ser miembros de esta prestigiosa clase de profesionales desorbitados, hay que cumplir dos requerimientos. El primero es que deben ser hombres de carrera trashumante, por lo menos en espíritu. Esto es, no deben tener lealtades locales; no deben tener puntos de vista locales. Después de todo, para ser capaz de profanar, de poner en peligro un lugar, uno debe ser capaz de abandonarlo y olvidarlo.”

Así fueron educados los gobernantes mexicanos: bajo el mesmerismo idiotizante de palabras- fetiche como liberalismo- empresa privada- inversión- productividad- progreso- desarrollo- tecnología… con una misma ideología falsa, ya refutada científicamente pero aún dominante en las universidades norteamericanas y en sus enclaves coloniales en México: las universidades e institutos de educación superior, así como los medios de masas privados.

Desde los años sesenta, a propósito de las ciudades, la periodista Jane Jacobs (anticomunista, por lo que no la pueden acusar de rojilla enemiga del mundo libre) ya había dicho algo parecido en su libro Muerte y vida de las grandes ciudades (en los Estados Unidos): quienes aplican la política del trascabo para destruir la ciudad realmente existente, construida, alimentada, vivida por los ciudadanos, lo hacen en nombre de una abstracción, la imagen en un plano proyectada y dibujada por un tecnócrata instruido en una doctrina que aborrece tanto a la naturaleza como a las ciudades. “En la forma de estadísticas estos ciudadanos ya no eran desde hace tiempo componentes de ninguna unidad salvo la familia y podían tratarse intelectualmente como granos de arena, electrones o bolas de billar.”

Una vez que los ciudadanos son cosificados, tratados intelectual, ética y políticamente como granos de arena o bolas de billar, es decir objetos que se pueden analizar mediante promedios y estadísticas, planificar y desplazar, ordenar como un mero sistema de “transporte y almacenamiento de bienes, información y personas” (Francoise Ascher), entonces se les puede volver víctimas de la política del trascabo, dice Jane Jacobs: “Sobre esta base era en realidad intelectualmente fácil y sano contemplar la demolición de todos los barrios bajos y el realojo de la gente en diez años, y no mucho más difícil contemplar la tarea como un empeño a veinte años vista.”

Aunque fueron expresadas, desde los Estados Unidos, por dos activistas: (en los años 50 y 60), Jane Jacobs, defensora del derecho de los habitantes a seguir viviendo en sus barrios vivos, aun no taxidermizados y (en los años 60, 70, 80 y 90 y aún los dos mil…) Wendell Berry, defensor de su propia comunidad, Marble HiII, y de un pensamiento- acción y vida en defensa de lo local- global, esas palabras vienen a mi mente ahora que veo cómo el gobierno de Jalisco se asume como operario de la horda de vándalos profesionales que desde el poder estatal y privado están destruyendo no solamente Temacapulín, Palmarejo y Acasico, no solamente Jalisco, el Bajío o el Occidente, sino todo México y toda la región incluida Centroamérica.

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Las razones y la lucha de los defensores de esos poblados jaliscienses- mexicanos son despreciadas porque desde el poder los ven como meras cifras, datos despreciables, insignificantes frente a cifras más gordas, las del lucro, la inversión y el desarrollo, quimeras, tan sustentables como la planta nuclear contra la que luchó Wendell Berry o las remodelaciones urbanas productoras de barrios y lugares muertos contra las que luchó Jacobs. Seguramente piensan que esos poblados son pueblos fantasmas, vaciados por la emigración, insignificantes en el conteo de los votos; y además en México incluso los votos no cuentan y los triunfos pueden imponerse, comprarse, lograrse mediante el fraude, la intimidación y el “haiga sido como haiga sido”.

Las mujeres y hombres, ancianas, ancianos, jóvenes y jóvenas, niñas y niños de Temaca, Palmarejo y Acasico pueden ser llevados, piensa el poder, a esas cajas de almacén (alojamiento le llaman; vivienda, dicen) mediante un eficiente sistema de transporte y almacenamiento de bienes, información y personas, para, ahí donde están sus hogares, sus huellas de vida, los recuerdos de sí mismos y de sus muertos, erigir una presa (el modelo de manejo hídrico con el que han destruido la India, como documenta y testimonia Arundhaty Roy en El álgebra de la justicia infinita) y llevar agua ya negociada con el gobierno de Guanajuato desde la era Vicente Fox, el operario con botas.

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Si la clase en el poder del Estado, los partidos políticos y las empresas capitalistas está formada colonialmente como parte activa de la horda de vándalos profesionales que destruye el planeta, el México masivo de abajo, los miles que no somos Slim y la decena de familias megamillonarias del país, hemos sido reducidos a cifras, promedios, tratados intelectual, ética y políticamente como electrones, bolas de billar. Y aun en ese México hay lugares más abajo, sótanos como dicen los zapatistas actuales, e inframundos, como los centroamericanos y centroamericanas sacrificados a la Bestia, tal como lo ha expresado la compañera de Kaos en la Red, en su perfil de Facebook, Utopía Kaos: “La política migratoria de México está diseñada para exterminar a los centroamericanos, nuevamente atacan al tren carguero denominado La Bestia, ahí viajaban 300 migrantes originarios de Centroamérica, hay personas heridas y se confirmó, de acuerdo a Fray Tomás, que un salvadoreño perdió la vida. Pero como alguna vez dijo Alejandro Solalinde, los centroamericanos no votan en México, ni mandan remesas a este país, así que, a quien le importan.”

Cada una de las víctimas, personas como los migrantes desaparecidos y secuestrados, los desplazados del Ejido Puebla y la comunidad de Benavil en Chiapas, los campesinos de Atenco aún en la mira de Conagua, los presos políticos en Morelos por oponerse a un gasoducto, los presos políticos (anarquistas o no) del GDF, los miles de muertos de la guerra de Calderón y de EPN… las familias y comunidades de Temaca, Acasico y Palmarejo hoy amenazadas de inundación por la presa El Zapotillo, como ocurre también en el río Los Pescados- La Antigua, con los defensores acosados por oponerse a la presa El Naranjal y al proyecto Bandera en Veracruz, los amenazados por una presa en Zongolica, en Paso de la Reyna, las comunidades en resistencia de La Parota, las comunidades destruidas e intoxicadas por extracción minera como el Cerro de San Pedro, cada uno de ellos es la imagen del México vandalizado por las hordas tenócratas. Por eso, desde la impunidad del poder, persiguen, matan, desaparecen y encarcelan a defensor@s de derechos humanos y a comunicador@s, y se apresuran a censurar la libertad de expresión y a bloquear los foros (de por sí ya espiados y monitoreados) que hay en la internet: les urge tratar de tapar el crimen, intentar (inútilmente) mantenerlo en silencio.

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