El posmundo donde no estamos ya

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Babel

El posmundo donde no estamos ya

Javier Hernández Alpízar

Con la película Wall-E (Andrew Stanton, Pixar- Disney, 2008), la existencia de un posmundo se ha vuelto real, porque ya la vimos en el cine. Un planeta Tierra tan contaminado y destruido que ya no podemos vivir ahí. La vida humana exiliada de su cuna y habitante (obesa) de una nave errante por el espacio sideral. Un mundo, o mejor: la falta de un mundo que ya podemos imaginar con claridad, porque en parte ya está aquí: este planeta y esta vida de los cuales tenemos frecuentemente que hablar con sufijos: neo, post, hiper…

Si lo vemos desde la perspectiva de Nietzsche es del mundo donde el platonismo, el nihilismo, ha cumplido su sueño: ha borrado la realidad, ha desaparecido la vida, ha destruido la Tierra. En esas condiciones, los protagonistas son dos robots: máquinas, mecanismos, seres sin vida que representan un simulacro de la vida y una nostalgia de ella; el síndrome del miembro fantasma o la imagen postrera tras la muerte de Dios y la muerte de todo…

El camino que siguió este acto escapista de toda la humanidad fue el de la abstracción, la idealización, la geometrización, la maquinización, no sólo se evaporó o evanesció el ser como un humo, inodoro, incoloro e insípido, se evaporó la vida… Y este proceso tuvo su medio (perseguido como fin en sí mismo, fatalidad según Heidegger) en la técnica. Por ello, de la humanidad, lo que sobrevive (más que esos humanos obesos que vegetan como apéndices de la máquina en que viajan- sobreviven) son unos robots.

Si el platonismo para el pueblo causa estragos entre la gente iletrada, causa aún más daños entre los eruditos: terminan escribiendo en una neolengua (colonizada de neologismos, corroída por prefijos) que parece cada vez más un idiolecto. La diferencia quizá sea el trabajo físico. Por aquello de la dialéctica del amo y el esclavo, Hegel dixit, el amo se vuelve dependiente del esclavo, pierde su relación con la naturaleza, pero el esclavo, sin dejar de ser un dominado, al menos sigue en contacto con la realidad (Simone Weil lo sabía) por el trabajo físico, la necesidad que le obliga a hacer tierra y mantiene un cordón umbilical con el mundo, impidiéndole perderse completamente en los sueños de opio de la abstracción, la idealización, la geometrización, la imaginación nihilizante. Pero en Wall-E el esclavo que sigue en contacto con las cosas es ya un robot, una máquina, una prótesis autonomizada de la inteligencia y el cuerpo humano, un poshumano.

Conocer y dominar la naturaleza, el mundo, y a los humanos mismos, fue taxidermizarlos: quitarles todo lo que les volvía vulnerables, frágiles, mortales, vivientes. Pero más que una humanidad zombi o momia, quienes sobreviven son un par de robots que hallan una nueva esperanza de vida en su amistad con una cucaracha (por más que cada que vemos una cucaracha la matamos de un pisotón, lo más probable es que su especie sobreviva a nuestra extinción) y una pequeña planta.

Ya no será la vida, ni una sobrevida, será la posvida en un posmundo donde una neolengua sea totalmente hecha de vocablos con prefijos: el posnihilismo, la resaca de la idealización.

Sin embargo, hay algo también del sueño de opio del capital, legítimo heredero del esclavismo, en la idea de robots que “sobreviven” como trabajo objetivado sin trabajo vivo que los repare, mantenga y actualice. Porque el proceso de abstracción no ha sido una historia donde la pura idea se evapora en el puro concepto dentro del caldero vacío de la razón pura: es un proceso histórico donde el conocimiento es poder y, como describen Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración, el conocimiento-poder avanza secularizando, desacralizando, dominando, colonizando y sembrando las condiciones de la ruina de la vida humana, al menos la digna de ese nombre.

Se trata no solamente del proceso de un Occidente decadente frente a otras humanidades que pueden (y menos aún si su arsenal es la sangre, la tierra, la raza, donde se agazapa el nazifascismo) salvar el lado no racionalista de la humanidad. Se trata del proceso del capitalismo que, si bien de cuna occidental, es hoy una realidad planetaria, un problema mundial, un escenario de guerra planetario. No es solamente el proceso ideal(ista) de abstracción de las ideas, sino el proceso histórico concreto de expropiación del trabajo, de opresión, explotación, represión, colonización, y las luchas contra ellos, en un mundo de seres humanos de carne y hueso, individuales y colectivos. Lo más verosímil es que si el capital logra expropiarnos hasta el último gramo de trabajo, de vida, no sobrevivan ni los robots (ya Isaac Asimov había imaginado robots hibernando que un día, siguiendo fielmente las leyes de la robótica, obedecerían solamente a los más inteligentes: otros robots), entonces, no queda más remedio que abrir paso a la supervivencia de las cucarachas… si se las logran arreglar sin nosotros, sus proveedores. Ni modo, es una historia humana, demasiado humana, con mucho de banalidad, impureza, y no un puro concepto.

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