México: parte de guerra

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México: parte de guerra

Javier Hernández Alpízar

Es sintomático que México viva los saldos de una guerra y al mismo tiempo sectores masivos de su población volteen a mirar hacia otro lado: la frivolidad, el consumo, la evasión, la negación. Como ha analizado Susan Sontag en Ante el dolor de los demás, precisamente el hecho de estar en riesgo permanente de ser víctimas de la violencia fratricida hace que las personas que viven en países en guerra busquen evitar enterarse. Digamos, como los psicólogos especialistas en la violencia, que estamos ante una sobreadaptación, un proceso patológico.

Mientras un sector de la sociedad se entrega al consumo de baratijas importadas de China y otros paraísos de la mano de obra esclava, en los sexenios de revancha de la derecha contra los logros de la revolución mexicana, se ha verificado en México una contrarrevolución conservadora que ha destruido el Estado mexicano resultado de los movimientos de guerra de independencia, guerra de reforma y guerra de la revolución mexicana. La formación de este Estado ha sido descrita por Rhina Roux en El príncipe mexicano.

Esa contrarrevolución se ha verificado no en las urnas, donde el ritual ha sido simplemente un requisito a presentar ante los ojos de los países metrópoli, sino en las calles y los campos, mediante el derramamiento de sangre. Entre 80 y 100 mil muertos por la guerra de Calderón y el PAN contra la población mexicana, bajo la cobertura mediática de “combate al crimen” y el ritmo de esta masacre no ha disminuido con Peña Nieto y el PRI; al contrario ha empeorado al tiempo que lo han sacado de foco y lo han escondido en las sombras de la negación en los medios y la negación de la población sobreadaptada. Se habla de aproximadamente 25 mil personas desaparecidas en nuestro país, pero esas cifras pueden ser una subestimación, además no incluyen la masacre contra los emigrantes de Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua victimizados en su intento de ir a los Estados Unidos a conseguir empleo y sobrevivencia.

El representante de la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos en México, Javier Hernández Valencia, comentó recientemente, en referencia a la violencia contra las mujeres, que incluye la tortura sexual y los feminicidios, que América Latina es la región más violenta del mundo contra las mujeres y que en ninguna región del planeta se cometen en la misma cantidad y con esa saña crímenes contra la población femenina. Además, México y Centroamérica considerados, como subregión, la segunda más violenta del mundo, solamente después del sur de África. Por una parte, los salinistas ingresaron a México en el TLCAN (NAFTA) y en la OCDE, pero, por otra parte, nos hundieron en el mundo no solamente subdesarrollado sino infestado por la pandemia de violencia que es Centroamérica. No son movimientos contradictorios: forman parte del mismo proceso.

México fue balcanizado: un sector de apenas algunas decenas de familias alrededor de Carlos Slim y sus competidores ingresó en el primer mundo, al grado de que Slim es socio en proyectos de investigación de transgénicos con su par Bill Gates, en tanto que los mexicanos de abajo son sometidos, en conjunto con las y los migrantes trabajadores de Centroamérica, al secuestro, la extorsión, la tortura, la ejecución extrajudicial, la desaparición forzada, la violación y tortura sexual, los feminicidios, la trata de personas, el tráfico de órganos, el trabajo esclavo, la leva forzada para grupos armados “irregulares” criminales. De manera anticipatoria, el subcomandante Marcos le explicó que esto estaba pasando, desde 2001, a Julio Scherer en entrevista para Proceso y Televisa transmitida en vivo en el contexto de la Marcha del Color de la Tierra, pero la izquierda mexicana en gran medida ha preferido satanizar al personaje en lugar de escucharlo, leerlo y entender lo que dijo.

Mexicanos y centroamericanos son poblaciones tratadas como prisioneros de guerra, como vencidos, como conquistados, como derrotados en un conflicto bélico, pero ¿cuál es la guerra que México y los países centroamericanos perdieron?

Raúl Zibechi explica, en Genealogía de la revuelta, que los golpes de estado y las dictaduras militares de corte fascista en el Cono Sur de los años setenta a los ochenta y noventa fueron la respuesta del orden capitalista al ascenso de la fuerza obrera que había llegado a tomar el poder vía las urnas en Chile y estaba en ascenso en todos esos países con poderosas organizaciones gremiales y políticas de las clases trabajadoras. Ante la amenaza de ver esos países salir del circuito de la explotación capitalista, sus burguesías nacionales y el imperio estadounidense dieron los golpes de estado e impusieron las dictaduras y las reformas neoliberales que hoy privan incluso por encima de gobiernos electos supuestamente de izquierda bajo democracias “tuteladas”. La solución al ascenso de los trabajadores en la lucha de clases fue la militarización, la guerra y toda la secuela de ejecuciones y desapariciones perpetradas por esos regímenes. El gobierno mexicano recibió exiliados políticos de todos esos países en los mismos momentos en que usaba esos mismos métodos de guerra sucia contra las comunidades de Guerrero alzadas en armas con Lucio Cabañas y Genaro Vázquez, y con una guerra sucia que fue de la persecución de los autores del asalto al cuartel Madera, en Chihuahua, a la guerra contra toda rebelión desde esos años hasta la fecha prácticamente, documentada en parte por autores como Carlos Montemayor (diversas novelas y ensayos como La guerrilla recurrente) y Laura Castellanos (México armado).

Sin embargo, la política mexicana de supuesta no intervención y recepción de exiliados ocultó al mundo que aquí se aplicaban los mismos métodos de guerra sucia que usaban el franquismo, el pinochetismo y todas las dictaduras. México era la dictadura perfecta como dijo acertadamente el autor de Pantaleón y las visitadoras. Incluso tenía sus intelectuales “críticos” leales e institucionales.

En ese contexto, en Centroamérica los pueblos se rebelaron y sus revoluciones armadas tomaron el poder en Nicaragua en 1979 y estuvieron combatiendo en la capital de El Salvador en 1988 y con un movimiento revolucionario fuerte en Guatemala. El imperio estadunidense los combatió mediante la guerra de Reagan: incluido el trasiego de drogas de Colombia y México a Estados Unidos (Anabel Hernández, Los señores del narco) y de armas a Nicaragua, Honduras y Costa Rica para combatir al FSLN en Nicaragua, el FMLN en el Salvador, mientras gobiernos racistas cometían masacres masivas de indígenas por la contrarrevolución en Guatemala. En 1989, la derrota del FSLN en las urnas, en una elección plebiscitaria que significaba votar por seguir la guerra de resistencia o tirar la toalla ante el boicot y la contrainsurgencia; y luego el desarme del FMLN, uno de cuyos integrantes entregó su arma simbólicamente a Salinas de Gortari, y de la URNG guatemalteca, significaron, más que un armisticio, la derrota de la revolución en Centroamérica.

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En México, las insurrecciones zapatista en 1994, de la APPO en 2006 y las rebeliones electorales de 1988, 2006 y, en menor medida, ya en descenso, en 2012, han sido contestadas con la militarización del país bajo el pretexto de combatir el crimen, sin que el crimen sufra un decremento sino lo contrario, y la contrainsurgencia (con complicidad de la izquierda partidaria) en Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Michoacán, Distrito Federal y donde quiera que una organización, social, ciudadana o política pide justicia.

La guerra sucia hoy histórica se extendió desde los años 60 (1968, 1971) hasta la violenta represión en las Huastecas, contra el FDOMEZ en los años ochenta y noventa, la respuesta bélica al alzamiento zapatista en Chiapas en 1994 y sigue con la persecución y descabezamiento de organizaciones sociales, especialmente las que defienden el territorio contra megaproyectos de todo tipo, y la represión generalizada que tiene a México hoy como el país más violento del mundo contra prensa y comunicadores, y uno de los más violentos contra defensores de derechos humanos y luchadores sociales, mujeres, indígenas, migrantes y población en general, especialmente la más pobre. Algo de todo ese dolor se cuenta en el libro de Marcela Turati, Fuego cruzado.

Esas son las guerras que mexicanos y centroamericanos hemos perdido: los intentos de emancipación o de liberación nacional han sido contestados como en el Cono Sur: militarización y guerra sucia contrainsurgente, pero no bajo dictaduras sino bajo democracias nominales, vacías de sustancia social y económica: urnas, comisiones de derechos humanos, institutos de acceso a la información, reformas jurídicas pro derechos humanos conviven con la aplicación del derecho penal de enemigo (fascismo jurídico y populismo punitivo), guerra sucia, terror de estado contra la población, censura y control de la población, incluso bajo los gobiernos de “izquierda” como el GDF- PRD.

Ahora ya se comprende por qué mexicanos y centroamericanos son tratados como los vencidos, los conquistados, los colonizados, los prisioneros de guerra o de campos de concentración.

Hay algunos matices: En Centroamérica fueron derrotados en una guerra, pero en México bastó con educar en las universidades de Estados Unidos a nuestras élites gobernantes para que ellas después actuaran como fieles operadores del colonialismo interno. La derrota no es definitiva, porque lo mismo las resistencias indígenas como el EZLN, las policías comunitarias y autonomías indígenas, las organizaciones sociales que siguen protestando, las mujeres (mayoría en los movimientos contestatarios, véase como la mayoría de los autores citados en este artículo son escritos por mujeres) y los migrantes que luchan por sus derechos junto con sus aliados, son la resistencia digna al avasallamiento por una política de balcanización orquestada desde Estados Unidos y operada por gobiernos mercenarios en México como un fascismo a la mexicana.

Hoy no se ve horizonte alguno pero, paradójicamente, o quizá no tanto, los más organizados y decididos en la resistencia son los pueblos originarios: ellos llevan más de 500 años resistiendo, en ello son expertos y, lo queramos o no, son nuestros maestros. Por ello contra ellos se desata parte de la más fuerte violencia (claramente: la contrainsurgencia paramilitar hoy activa contra las bases de apoyo zapatistas), una violencia racista de este fascismo mexicano que no dice su nombre, sino que sigue usando hipócritamente una jerga republicana al tiempo que sus fuerzas armadas operan en campos y ciudades.

 

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