Emiliano el trabajador, y el tambor vacío

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León Tolstoi

Emiliano vivía al servicio de un señor. Un día, cuando atravesaba un campo para ir al trabajo, una rana se interpuso súbitamente en su camino.

Emiliano hubiera podido pisarla, pero pasó por encima de ella. De pronto oyó detrás de él a alguien que lo llamaba. Se volvió y vio a una joven encantadora que le decía:

― ¿Por qué no te casas, Emiliano?

― ¿Cómo podría casarme, preciosa?

Todo lo que poseo lo tienes frente a ti; yo no tengo nada y nadie podría quererme.

― ¡Cásate conmigo! ―dijo ella.

A Emiliano le gustó la joven.

―Con gusto lo haría, pero, ¿en dónde viviríamos?

―Eso no es problema ―respondió la muchacha―. Trabajando un poco más que siempre y durmiendo un poco menos, en cualquier parte encontraremos con qué cubrirnos y qué comer.

―Pues bueno, de acuerdo, ¡casémonos!

¿Y a dónde iremos?

―Vayamos a la ciudad.

Emiliano y la joven se casaron. Ella lo condujo a una casita al extremo de la ciudad, y allí se instalaron.

Un día en que el zar pasaba por la casa de Emiliano, la joven esposa salió a verlo. Al mirarla, el zar quedó maravillado. « ¿De dónde sale esta mujer tan encantadora?», se preguntó. Detuvo la calesa, llamó a la mujer y le preguntó:

― ¿Quién eres tú?

―La mujer del mujic Emiliano ―respondió ella.

― ¿Cómo es posible que una mujer tan bella como tú se haya casado con un mujic? Podrías ser zarina.

―Gracias por vuestros cumplidos ―dijo―, pero soy feliz con mi mujic.

El zar conversó un poco más con ella y luego siguió camino al palacio. No podía alejar a la joven de su pensamiento Esa noche no pegó los ojos imaginando la forma de quitársela a Emiliano, pero no se le ocurrió nada. Llamó entonces a sus servidores y les ordenó que pensaran en algo; éstos le dijeron:

―Emplead a Emiliano en el palacio. Nosotros lo mataremos a fuerza de hacerlo trabajar, su mujer quedará viuda y será vuestra.

Esto hizo el zar; mandó decirle a Emiliano que fuera a ocuparse del patio del palacio y a vivir en las dependencias reales.

Los enviados del zar le llevaron la razón, y su mujer le dijo:

―Ve al palacio. Durante el día trabajarás allá y por la noche dormirás aquí.

Emiliano fue al palacio y el intendente del zar le dijo:

― ¿Por qué no viniste con tu mujer?

― ¿Por qué había de traerla? Ella tiene una casa dónde estar.

A Emiliano le dieron más trabajo que a cualquier otro empleado, él pensó que nunca alcanzaría a hacerlo, pero terminó antes del anochecer. Cuando el intendente vio que había terminado, le asignó el doble de trabajo para el día siguiente.

Emiliano volvió a su casa, que estaba bien limpia y bien ordenada, y encontró la estufa encendida y la comida caliente y lista. Su mujer, sentada frente al telar, tejía; lo estaba esperando. Ella puso la mesa, le dio de comer y de beber y le preguntó por el trabajo.

―Va mal ―respondió Emiliano―. Me están poniendo tareas superiores a mis fuerzas; quieren matarme con tanto trabajo.

―No pienses en el trabajo y no mires ni atrás ni adelante; ya has hecho mucho y aún te falta mucho por hacer. Trabaja más. Podrás hacerlo.

Emiliano fue a acostarse. Al día siguiente volvió al palacio y se puso a trabajar sin levantar ni una sola vez los ojos. Por la tarde ya había terminado la labor que le habían asignado, y regresó a su casa cuando el Sol no se había puesto.

Aunque continuaron aumentándole el trabajo, Emiliano siempre acababa a tiempo e iba a pasar la noche a su casa. Así transcurrió una semana. Los servidores del zar se dieron cuenta de que no podrían vencerlo con trabajos duros y le asignaron tareas complicadas, sin obtener mejores resultados. Podían encomendarle labores de carpintería, de mampostería, de reparación de techumbres, pero Emiliano las terminaba todas a tiempo y regresaba a pasar la noche al lado de su mujer. Así pasó otra semana, y el zar llamó a sus servidores y les dijo:

― ¿Acaso los estoy alimentando para nada? Ya han pasado dos semanas y Emiliano sigue vivo. Me habían prometido hacerlo trabajar hasta que reventara, y yo lo veo todos los días, por la ventana del palacio, cuando se marcha a su casa cantando. ¿Es que pretenden burlarse de mí?

Los servidores del zar trataron de justificarse:

―Desde el comienzo hemos estado haciendo lo posible por matarlo con trabajos duros, pero no hemos podido dar cuenta de él. Parece como si terminara cada labor de un escobazo y nunca estuviera fatigado. Le asignamos oficios complicados pensando que no sería lo suficientemente inteligente para ejecutarlos, pero no pudimos desanimarlo. ¿Adónde ir a buscar nuevas ideas? Es capaz de cualquier cosa, todo lo termina. Parece brujería. Él va a ser quien acabe con nosotros. Sin embargo, ahora vamos a darle un trabajo superior a sus fuerzas. Hemos pensado ordenarle que construya una catedral en un día. Pedidle que venga y decidle que debe construir, en un día, una catedral enfrente al palacio, y que si no lo hace se le cortará la cabeza.

El zar mandó llamar a Emiliano.

―Pon atención a lo que voy a ordenarte ―le dijo―: Constrúyeme una nueva catedral sobre la plaza, delante del palacio. Comenzarás mañana por la mañana, y por la tarde deberá estar terminada. Si lo logras, te recompensaré, pero si no lo haces, te haré matar.

Emiliano escuchó las órdenes del zar, y se dirigió a su casa. « ¡Me llegó la hora!», pensó. Al llegar, le dijo a su mujer:

―Empaca las cosas: tenemos que huir a cualquier parte, o estaremos perdidos.

― ¿Huir? ¿Pero de qué tienes tanto miedo?

― ¿Cómo no tenerlo? El zar me ordenó construir mañana una catedral, en un solo día, y me amenazó con contarme la cabeza si no lo hago. No hay escapatoria. Debemos huir ahora que todavía estamos a tiempo.

Su mujer no estuvo de acuerdo.

―El zar tiene muchos soldados que podrían atraparnos en cualquier parte. No lograrás escaparte. Mientras te queden fuerzas, debes obedecer.

― ¿De qué me sirve obedecer si no soy capaz de hacer lo que me pide?

― ¡No te desanimes! Come y vete a dormir. Mañana te levantarás un poco más temprano que siempre y podrás hacerlo.

Emiliano fue a acostarse. Por la mañana, su mujer lo despertó.

― ¡Vete! ―le dijo―. Así terminarás la catedral más temprano. Tienes todo un día de trabajo por delante.

Emiliano se dirigió a la ciudad y cuando llegó al palacio vio, en medio de la plaza, una catedral nueva, casi terminada. Inmediatamente se puso a trabajar en lo que hacía falta. Terminaría antes del anochecer.

Cuando el zar se despertó, miró por la ventana y vio la catedral y a Emiliano que se paseaba alrededor poniendo un clavo por aquí y otro por allá. Pero el zar no estaba contento con la catedral: rabiaba porque ya no tenía motivo para mandar matar a Emiliano y así poder quitarle su mujer.

Convocó de nuevo a sus servidores y les dijo:

―De nuevo Emiliano cumplió con su tarea y no puedo hacerlo matar. Este último trabajo también estuvo demasiado sencillo para él. Hay que encontrar algo más complicado. Reflexionen, y si no se les ocurre una buena idea, los ejecutará a ustedes antes que a él.

Los servidores le propusieron que le ordenara a Emiliano cavar un río alrededor del palacio, en el cual pudieran navegar barcos. Al zar le pareció buena idea, hizo venir a Emiliano, y le ordeñó ese nuevo trabajo.

―Si pudiste construir la catedral en una noche ―le dijo―, también podrás cavar este río. ¡Que todo esté terminado mañana! Si no, te cortaré la cabeza.

Emiliano, aún más triste que la víspera, llegó a su casa sin ninguna esperanza.

― ¿Por qué estás tan triste? ―le preguntó su mujer―. ¿El zar te encomendó otra cosa?

Emiliano le contó lo que éste le había ordenado que hiciera.

―Hay que huir ―agregó.

Pero su mujer le dijo:

―No podrías escaparte de los soldados; te agarrarían dondequiera que fueses. Tienes que obedecer.

―Pero, ¿cómo lo haré?

― ¡No te desanimes de nuevo! Come y vete a dormir. Levántate mañana un poco más temprano que siempre y todo estará terminado a tiempo.

Emiliano fue a acostarse, y por la mañana su mujer lo despertó.

―Vete ―le dijo―. Todo está listo, salvo un montículo cerca del embarcadero, frente al palacio; toma un pico y hazlo desaparecer.

Emiliano partió y cuando llegó a la ciudad vio un río alrededor del palacio, en el cual navegaban barcos. Se acercó al desembarcadero, enfrente al palacio, y allí vio un terreno sin aplacar y se puso a igualarlo.

Cuando el zar se despertó, vio un río allí en donde antes sólo había tierra; en el río navegaban unos barcos y Emiliano estaba haciendo desaparecer un montículo con la ayuda de un pico. El zar quedó consternado; estaba tan furioso por no poder matar a Emiliano, que ni el río ni los barcos lo complacían. «No existe ninguna tarea que él no pueda realizar. ¿Qué voy a hacer?», pensó.

Una vez más llamó a sus servidores y se puso a hacer planes con ellos.

―Hay que encontrar un trabajo que Emiliano no pueda llevar a cabo ―les dijo―. Ha hecho todo lo que le encargamos y yo no he podido quitarle su mujer.

Los servidores pensaron y pensaron de nuevo. Luego le dijeron:

―Haced venir a Emiliano y decidle: «Ve allá», sin decirle a dónde, «y trae algo», sin decirle qué. Esta vez no podrá salirse con la suya porque dondequiera que vaya le diréis que no era allá a donde debía ir, y traiga lo que trajere le diréis que no trajo lo que debía traer. Así, podréis matarlo y quitarle su mujer.

― ¡Por fin tuvieron una buena idea! ―exclamó el zar con alivio.

Después mandó buscar a Emiliano.

―Ve allá ―le dijo sin indicarle a dónde―, y trae algo ―agregó sin decirle qué―. Si no lo haces, ordenaré que te corten la cabeza.

Emiliano llegó a su casa y le contó a su mujer lo que el zar le había ordenado. Ella reflexionó, y dijo:

―Esta vez la idea que le dieron al zar va a volverse contra él. Ahora tenemos que dar prueba de nuestra inteligencia.

Se sentó y permaneció pensativa un largo rato, y luego le dijo a Emiliano:

―Tendrás que ir lejos, a casa de nuestra abuela, la anciana madre de los mujics y de los soldados, y le pedirás ayuda. Cuando ella te indique qué cosa es, vete a buscarla y llévala directamente al palacio; yo estaré allí, pues no pienso escaparme esta vez. Van a agarrarme por la fuerza, pero no por mucho tiempo. Si sigues bien las instrucciones de la abuela, pronto me encontrarás.

La mujer le dio de comer a Emiliano, le preparó un hatillo y le entregó una rueca.

―Dale esto a la abuela ―dijo―. Así ella sabrá que tú eres mi marido.

Una vez le indicó el camino, Emiliano partió; al salir de la ciudad vio unos soldados que estaban ejercitándose y se detuvo a mirarlos. Los soldados hicieron algunos ejercicios más y luego se sentaron a descansar. Emiliano se aproximó y les preguntó:

―Hermanos, ¿ustedes saben cómo ir allá, sin saber a dónde, y cómo traer algo, sin saber qué?

Los soldados escucharon con atención, sorprendidos.

― ¿Quién te ordenó que buscaras eso?

―El zar ―respondió Emiliano.

―Nosotros mismos, desde que somos soldados, vamos allá, sin saber a dónde, y no podemos llegar, y buscamos algo, sin saber qué, y no encontramos nada ―dijeron―. No podemos ayudarte.

Emiliano se sentó un momento con los soldados y luego siguió su camino. Después de haber marchado por un buen rato, llegó a un bosque donde vio una pequeña isba en la que una anciana, la madre de los mujics y de los soldados, estaba hilando; lloraba y no mojaba sus dedos con saliva, sino con las lágrimas de sus ojos La anciana vio a Emiliano y le gritó:

― ¿Qué te trae aquí?

Emiliano le entregó la rueca y le dijo que su mujer se la había enviado. Entonces la anciana fue más amable con él y comenzó a hacerle preguntas. Emiliano le contó toda su vida: que se había casado con esa muchacha, que se había ido a vivir a la ciudad, que había entrado al servicio del zar, que había trabajado en el palacio, que había construido una catedral y un río con barcos y que ahora el zar le había ordenado ir allá, sin decirle a dónde, y traer algo, sin saber qué.

La anciana lo escuchó y dejó de llorar. «Parece que llegó el momento», comentó para sí.

―Está bien, siéntate, hijo, y canta.

Emiliano cantó; entonces la abuela le dijo:

―Toma esta pelota, lánzala frente a ti y síguela hasta que pare de rodar. Deberás ir lejos, hasta el mar; allá verás una gran ciudad; entra en esa ciudad y pide que te dejen pasar la noche en la última casa que encuentres. Allí encontrarás lo que buscas.

―Pero, abuela, ¿cómo sabré qué es?

―Cuando veas una cosa a la que se escucha más que al padre o a la madre, sabrás que eso es lo que debes traer. Toma esa cosa y llévasela al zar. Cuando se la entregues te dirá que no le llevaste lo que te había pedido, y tú le dirás: «Si esta cosa no es lo que hubiera debido traer, ¡hay que romperla!», y la golpearás, irás al río, la romperás y la echarás al agua. Entonces volverás a encontrar a tu mujer y yo dejaré de llorar.

Emiliano se despidió de la abuela, lanzó la pelota hacia adelante y ésta rodó y rodó hasta llegar al mar. En la costa había una gran ciudad en cuyo límite se elevaba una casa alta. Emiliano pidió que lo dejaran pasar la noche allí, le dieron una habitación y se fue acostar. Al otro día se despertó temprano y oyó subir al padre, que despertó al hijo y le ordenó que cortara leña; pero el hijo no lo escuchó.

―Todavía es muy temprano, papá ―dijo―; tengo tiempo de sobra.

La madre, desde encima de la estufa, le gritó:

―Anda hijo, tu padre se está haciendo viejo. ¿O crees que es él quien debe ir a cortar la leña? ¡Anda, levántate!

El hijo se dio la vuelta en la cama y volvió a dormirse. Un momento después se oyó en la calle un ruido seco y repetido. El hijo saltó de la cama, se vistió y se precipitó afuera.

Emiliano se levantó a su vez y corrió a ver qué había producido el ruido que había hecho que el hijo le obedeciera más que a su padre y a su madre.

Cuando llegó a la calle vio aproximarse un hombre que cargaba sobre el vientre una cosa redonda que golpeaba con unos palillos. El ruido que había escuchado el muchacho provenía de esa cosa. Emiliano avanzó unos pasos y miró la cosa: era redonda como un tonel y tenía una piel templada en cada uno de sus extremos. Emiliano preguntó cómo se llamaba.

―Tambor ―le respondieron.

― ¿Y no tiene nada por dentro?

―No, está vacío.

Emiliano, maravillado, pidió la cosa, pero no se la dieron. Él no insistió sino que se puso a seguirle los pasos al tamborilero durante todo el día y, cuando el hombre fue a acostarse, se apoderó del tambor y salió huyendo. Corrió y corrió hasta llegar a su casa. Pensó que encontraría a su mujer, pero no estaba. El zar se la había llevado al palacio al día siguiente de la partida de Emiliano.

Emiliano fue al palacio y se hizo anunciar como aquél que había ido allá, sin saber a dónde, y que había traído algo, sin saber qué. El zar le mandó decir que regresara al día siguiente, pero Emiliano insistió en que lo recibiera de inmediato.

―Vine ahora, luego de cumplir la orden del zar. Si él no viene aquí, yo mismo iré a buscarlo.

El zar salió.

― ¿En dónde estuviste? ―le preguntó.

Emiliano se lo dijo.

―No era allá a dónde tenías que ir. ¿Y qué trajiste?

Emiliano quiso mostrarle lo que había traído, pero el zar ni siquiera lo miró.

―No era eso ―dijo.

―Pues si no es esto ―dijo Emiliano―, habrá que romperlo, y que se lo lleve el diablo.

Y salió del palacio golpeando el tambor. Cuando los soldados escucharon el ruido del tambor, se reunión alrededor de Emiliano, le hicieron un saludo y permanecieron en espera de sus órdenes. El zar comenzó a gritarles por la ventana que no debían escucharlo, pero ellos siguieron a Emiliano. Cuando el zar vio que su ejército lo abandonaba, ordenó que le devolvieran la mujer a Emiliano y le pidió que le entregara el tambor.

―No puedo ―les respondió éste―. Me ordenaron romperlo y botar los restos al agua.

Emiliano, seguido por todos los soldados, se dirigió hacia el río con el tambor; al llegar a la orilla lo rompió en mil pedazos y los lanzó al agua, y los soldados emprendieron la fuga. Luego, tomó a su mujer y se la llevó a casa. Y desde entonces el zar dejó de hostigar a Emiliano, y éste vivió muchos años, se volvió muy rico y se protegió de la desgracia.

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