El periodismo y el caos

El caso de México es en este sentido muy claro. Nuestro periodismo, con sus excepciones, no sólo ha vivido de la corrupción, sino también del sensacionalismo, cuya fuente es la superficialidad, una forma degradada de la palabra. Esta realidad, en medio de la violencia y la multiplicidad de sus acontecimientos, se ha potenciado con la exigencia tecnológica de decir algo nuevo en tiempo real. Si todos los medios han manoseado las notas, según la jerga periodística, ¿cómo decir, en esas condiciones, algo nuevo que produzca sensación y, en consecuencia, lectores y dinero? La fórmula más simplista, más inmediata y acorde con esa violencia contra la realidad y la palabra es continuar manoseando la nota hasta casi inventar la realidad, hasta hacer que la virtualidad, una forma de la mentira, se imponga a nuestra percepción.

Contra el periodismo de investigación, que en un proceso lento, acorde con la velocidad que nos exige nuestra condición carnal, sabe, entre la multiplicidad de las noticias, elegir una, ir a las fuentes, confirmarlas y continuar la investigación, el periodismo semejante a la violencia que cunde por todas partes, así como a la imposición tecnológica de lo virtual sobre lo real, va invadiendo día con día los medios, al grado de desvirtuar la verdad y generar todo tipo de respuestas y conjeturas que no contribuyen a revelar nada.

Recientemente fui víctima de él. A raíz de una reunión privada con el doctor Mireles y un grupo de luchadores sociales el martes 6 de mayo, se desataron un montón de rumores; algunos de los presentes hicieron uso del encuentro a través de un video, #Todos somos autodefensas; y el 13 de mayo fui entrevistado por Pedro Tonantzin, del periódico Excélsior. Todo terminó en una nota donde lo que se destacó no fue lo que dije, sino lo que los rumores, el video y la necesidad del sensacionalismo crearon en la mente del entrevistador. El resultado: una deformación de la realidad que, en su distorsión, puso énfasis en lo que nunca dije y es verdad a medias: “Sicilia proclama la creación del Frente Nacional de Autodefensas”. Y continúa la nota: “…aseguró que realizará una caravana por el país para convocar a los ciudadanos a participar en acciones de seguridad, pero de manera pacífica”. Lo grave del asunto no es la nota –la ambición tiene sus faltas–. Lo grave es la manera en que los medios, incluyendo algunos muy prestigiados, la reprodujeron sin confirmar, sin preguntar, dándola por un hecho, y desencadenó reacciones.

Frente a eso, uno se pregunta: ¿Cuánto de realidad hay en la enorme cantidad de notas que leemos diariamente? ¿Cómo podemos descubrir en ellas la verdadera temperatura de la realidad? No hay respuesta para eso. En un periodismo así, contaminado por la desmesura de la velocidad tecnológica, la confusión termina por reinar, y la realidad, por perder sus significaciones profundas.

Contra eso, el periodista debe volver a su sabiduría original: aclarar, profundizar, investigar y hacer emerger la realidad. Si Pedro Tonantzin, para volver a mi ejemplo, y los más de cien medios que reprodujeron su nota hubieran sido profundos e incisivos, habrían encontrado lo real. Esa nota, que no traduce mis palabras, refleja, sin embargo, el hartazgo de la gente delante de la inseguridad, el crimen y la ausencia de Estado; refleja también algo que está surgiendo a lo largo y ancho del país: la necesidad de crear un gran frente común para detener la violencia mediante formas de resistencia civil no-violenta. El Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad es parte de ello y, como otros, busca su creación. A eso fui a la reunión con el doctor Mireles. La misma idea de un Frente Nacional de Autodefensas –una mera idea que surgió de esa reunión– es una muestra más de ese requerimiento. Yo no me adherí a ella, tanto por lo precipitado de su posible creación –se precisa de más acercamientos y de reunir a otras organizaciones que buscan lo mismo– como por mi desacuerdo en usar la palabra “autodefensa”, llena de connotaciones armadas.

 No dije, por lo tanto, lo que me atribuye la nota de Tonantzin. Eso fue un absurdo e irresponsable sensacionalismo del periodista. Sin embargo, la verdad está en su fondo, y habría –dejando de lado la superficialidad, la prisa, la búsqueda del efectismo y la exigencia de competir en velocidad y tiempo– que investigar y profundizar en esa necesidad que va surgiendo por todo el país, que es un imperativo de muchas organizaciones y que está conformando el rostro de un rescate nacional. Hacerlo así es contribuir al sentido que extraviamos. Lo otro es contribuir al caos y a la violencia sin fin. Si el periodismo quiere ser el espejo amplificado de lo real, debe cuidarse de la prisa, la virtualidad y el sensacionalismo; debe volver a su mejor tradición: la búsqueda de la verdad en lo inmediato. Lo que implica serenidad, búsqueda de las fuentes, conocimiento de lo que está sucediendo y memoria.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.

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