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Babel

Que Marco Lara Klahr nos ampare

Javier Hernández Alpízar

Escribo esto para las y los periodistas y para las y los lectores de los periodistas a quienes el destino de éstos pueda interesarles.

Espero que no se convierta en un precedente ni en el estado de Veracruz ni en el país el tratamiento que el gobierno estatal veracruzano está dando a Maryjose Gamboa: la estigmatización como enemiga pública, el linchamiento mediático, el juicio con consigna que combina elementos del más puro estilo del derecho penal del enemigo (los delincuentes no tienen derechos humanos, son una excepción al estado de derecho) y del populismo punitivo (el castigo es siempre la solución y mientras más duro es una mejor solución). Además, siempre sirve como ejemplo para que otros entiendan el mensaje y, por si fuera poco, al público parecen gustarle los escarnios mediáticos.

Sin embargo, el proceso de deterioro, y de franca barbarización, que ha sufrido nuestro país (campeón en inseguridad para comunicadores y trabajadores de prensa y medios) nos debería haber enseñado ya que cuando esperamos que algo no se repita o incluso se no agrave, se aplica la Ley de Murphy: si algo es susceptible de empeorar, empeorará.

La lección es dura, y por ello hay que acusar recibo: cuando una periodista es atacada de manera más o menos obvia por un poder formal o mediático se puede asumir su defensa (aunque sea la de su memoria, si no se puede más), pero si el azar, la desgracia, la fatalidad, la suerte, la complejidades de la causalidad o el arcano que les parezca más plausible, la lleva a ser detenida por un delito, en este caso uno que se comete en un accidente de tránsito, y si acaso el estado que la juzga es precisamente quien la ha acosado, la ha espiado y la ha catalogado como su enemigo, entonces, el asunto puede volver su vida personal un thriller, es como estar en manos, para retomar la imagen usada en Twitter por Noé Zavaleta, de la Santa Inquisición.

Si tienes (pongámoslo de modo que te involucre más como periodista- lector) además un doble papel por ser simultáneamente funcionario público (y peor una palabra que los gacetilleros acaban de descubrir o inventar como mala palabra; “funcionaria”), entonces tu causa puede volverse indefendible. La gente comenzará a pensar- sentir que no le queda claro. Pedirán un juicio conforme a la ley, pero es tu enemigo estatal quien aplica, y como él desea, la ley; o dirán que debemos atenernos a los hechos, pero la investigación pericial y la verdad jurídica penal es monopolio del estado que te juzga su enemigo y… que Michel Foucault te ampare.

Si tienes una militancia política públicamente conocida y exhibible, eso mismo que antes te daba prestigio, al menos entre tus correligionarios, se convierte de pronto en elemento acusador: habrá incluso quienes nieguen que eres periodista, tu militancia será prueba de que eres “vocero”, un político que se compró un pleito personal con el gobernador en turno, o simplemente que escribes visceralmente. Si tu tono al escribir es duro, será una prueba en tu contra. Que Kafka te ampare.

La prensa comenzará a publicar todos los libelos en contra tuya que el gobierno enemigo tuyo desee, pero los pocos argumentos en tu favor serán marginales o estarán bajo sospecha por ser de tus correligionarios políticos y tus seguidores en tu medio o en redes sociales. No son objetivos, son meras opiniones. El monopolio de los hechos lo tendrá quien te juzga. El gran argumento será: “El procurador dijo”… Que el santo papa de Roma te ampare.

Fácilmente puedes volverte un indefendible. Tu palabra está devaluada porque estás bajo proceso penal y además preso (a), porque eres funcionaria, porque militas en la derecha (o en la izquierda o en algún otro rincón de espectro político- mediático), porque cuando hacías críticas no las hacías al bando en el cual militas, porque… bueno la imaginación de tus detractores será fecunda, pródiga y se sentirá autorizada y a sus anchas. Si le hiciera falta, el gobierno le puede hacer llegar información sobre tu persona, la cual creías confidencial.

Que Marco Lara Klahr nos ampare: Pasaste de ser el dedo crítico a esta sentada ahí donde tenías al poder político sentado, en el banquillo de los acusados. La influencia que no tenía tu palabra escrita o hablada sí la tendrán los boletines, notas oficiosas o notas hechas de buena fe pero con un encabezado amarillista: “delincuente”, sin esperar al veredicto del juez. Juicio mediático expedito y, asimismo, los elementos jurídico- periciales hechos públicos por el gobierno que te juzga, lincha y difama alentarán al perito, al jurista, al agente del Ministerio Público descalzo que casi todo lector de medios y de redes sociales lleva dentro y… serás la comidilla.

Cuando el Estado te acuse por lo que escribes, se estará metiendo un autogol, pero si el destino te pone en sus manos, nada más tendrá que contar con su “monopolio de la verdad jurídica penal” y con la venalidad de los medios. Además, nadie es monedita de oro, siempre habrá colegas a quienes le seas antipático por la razón que sea: la verdad del poder contra ti será dogma dorado.

Y si los gobiernos estatales o el federal tienen la suerte de que un accidente o un error, lo que sea es bueno, te ponga en sus manos… o si luego se les ocurre que no tienen tiempo de esperar al azar y se ponen a ayudarlo para que te lleve hasta sus manos…

La reacción del gremio periodístico es normalmente poco visible, el miedo desalienta, la duda corroe, la indiferencia campea. Ahora parece que no solamente las y los periodistas muertos pueden ser difamados. Hay una manera para que el estado se dé el placer de verte escarnecido y tomar venganza de tus dardos críticos.

Si por algún error ideológico, intelectual, político o ético fuiste de quienes pensaron que la mano dura y todo el peso de la ley (sin ver que el estado los usa normalmente a conveniencia) es el camino, puedes toparte con la ironía de ver que esa ideología, la superstición del castigo, se vuelve contra ti y quizá (pero también quizá no) en ese momento descubras que todas y todos tienen (y tienen que tener) derechos humanos, incluso quienes han incurrido en algún delito o están en “conflicto con la ley”. De hecho, y de nuevo, que Marco Lara Klahr nos ampare: la superstición de que quien cometió un delito no tiene ya derechos humanos o que estos son muy relativos parece no ser minoritaria entre el gremio periodístico.

¿Qué pasará cada vez que haya uno de estos casos: controvertidos, que dividen opiniones? ¿El gremio se refugiará en el confortable pensamiento mágico de “eso no me pasará nunca a mí”? Si alguien tiene el contacto con el periodista y defensor de los derechos humanos de las víctimas de la prensa Marco Lara Klahr, grítele: ¡Auxilio! Y no es broma: lo digo literalmente… creo que él analizaría mejor este caso y sus implicaciones.

Que no siente precedente… o que San Judas Tadeo y la Santa Muerte (que no hace milagros pero sí te hace el paro) nos amparen.

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