¿Si Marx viviera?…

Babel

¿Si Marx viviera?…

Javier Hernández Alpízar

Max Horkheimer y Theodor Adorno, en su Dialéctica del Iluminismo, hacen una curiosa afirmación al criticar la autodenominada filosofía perenne: si Tomás de Aquino viviera, estaría leyendo críticamente a los filósofos modernos y contemporáneos. Análogamente, podríamos decir, en ese mismo tono especulativo: si Karl Marx viviera estaría leyendo críticamente a los filósofos y científicos, pensadores y literatos importantes posteriores a su obra. Y no lo haría por un afán académico de “actualización, sino por discutir con el pensamiento crítico los problemas contemporáneos del capitalismo y la modernidad.

Incluso nos atreveríamos a decir más, si Marx viviera leería con más atención a sus críticos y a los pensadores más relevantes de la derecha, porque tendría que polemizar con ellos, lo mismo que con los pensadores reformistas. Con pocas excepciones, en sus seguidores encontraría sucursales más que pensamientos vivos.

Pero esta imaginaria puesta al día de un Karl Marx que discutirá el mundo de hoy no nace meramente de un imaginario o ficción: surge de la manera como, en nombre del marxismo y sus variantes, se hace hoy apología de las alianzas con sectores de la burguesía supuestamente recién conversos a la democracia, al reformismo y al anhelo de un cambio verdadero en México. Así como los gobiernos progres de América del Sur han intentado justificar el extractivismo, con su cauda de despojo y destrucción de comunidades y naturaleza, usando a Marx como referencia, olvidando que el capitalismo, ya en este siglo XXI, tiene al planeta al borde del cambio climático más desastroso, de la misma manera en México, la izquierda electoral repite el argumento de que un fino y sofisticado análisis intelectual puede llevar a concluir que hacer pactos con burgueses de la derecha más reaccionaria (salinistas, zedillistas, foxistas, calderonistas) es necesario y se justifica “dialécticamente”…

En México (y seguramente no sólo aquí) es ya una tara congénita de las izquierdas de masas no poder dar un paso (y normalmente sus pasos son electorales y solamente electorales) sin hacer alianzas con sectores de la burguesía mexicana supuestamente nacionalista, honesta y progre. Esto ha sido llevado cada vez más al extremo porque, al no encontrar burgueses demócratas ni reformistas, solamente pueden hacer alianzas con burgueses con una clara conciencia de clase burguesa, quienes usan sus alianzas con la izquierda, anteriormente la perredista y ahora con Morena, para sacar raja del carisma electoral de su líder vitalicio.

Karl Marx, en el contexto de una Europa que tenía países ya plenamente burgueses y capitalistas modernos como Inglaterra y Francia, al lado de países que no salían aún de las manos de los poderes feudales, apoyó una política internacional estratégica que llevaba a los obreros a luchar de manera anticapitalista en los países industrializados y por la democracia burguesa ahí donde la burguesía, la alemana por ejemplo, no había derrotado a los señores feudales.

Este ejemplo les sirve de pretexto a los apologetas de las alianzas con la burguesía para decir que su política es “estratégica” y se justifica por una sofisticada dialéctica. Entre otras cosas hacen caso omiso del hecho de que esas luchas obreras aliadas a la burguesía fueron derrotadas, entre otros factores por la traición de las burguesías supuestamente democráticas, quienes preferían sumarse a la reacción en los momentos decisivos, y no ver empoderarse a los obreros, a quienes, por lo demás, ellos explotarían en el campo y la ciudad.

Olvidan además, estos sedicentes marxistas, que en México ya tuvimos una revolución democrático burguesa, la de 1910, y que el pacto que dio origen al Estado mexicano contemporáneo fue una solución de compromiso entre la revolución liberal del siglo XIX (progresista entonces, pero no sólo conservadora sino reaccionaria en su actual forma neoliberal) y la revolución social (mayoritariamente rural y campesina, pero no solamente: los magonistas, zapatistas y villistas).

La descomposición del Estado mexicano por el neoliberalismo representa, desde el gobierno de Miguel de la Madrid hasta la actualidad, una reactivación de las fuerzas liberales del siglo XIX y el desmantelamiento de la parte social que se habían visto obligados, por la fuerza (de las armas), a respetar.

La defensa, hoy, de tratados de libre comercio, de invitar a las mineras canadienses a seguir practicando su extractivismo (criminal) en nuestro país y la alianza con algunos de los burgueses que ha apoyado a los gobiernos neoliberales y contrarrevolucionarios, no son resultado de una inteligencia dialéctica sofisticada y superior; son residuo del vacío de una praxis política democrática, pues no la hay donde las bases no tienen voz ni voto para determinar estrategias ni alianzas, sino que se enfrentan a hechos consumados, los cuales tienen que racionalizar y tratar de justificar posteriormente.

Como ha mostrado Paulina Fernández en su participación en un seminario zapatista, desde el Partido Mexicano Socialista que abandonó todas las banderas de la revolución social para abrazar solamente las políticas y electorales, pasando por un PRD que fue traicionando incluso esas banderas cada vez más pálidas, la izquierda ha dejado de lado las reivindicaciones de una revolución social y se ha ido acomodando al mundo unipolar donde no hay más ruta que el capitalismo. Actualmente Morena representa la reedición de esa claudicación: con el pretexto de ser “estratégicos” aceptan una política de alianzas con la burguesía que no es un mero medio para un fin posterior (una radicalización que no se proponen ni programática ni tácticamente) sino un fin en sí mismo: la continuidad, la restauración de una paz neoliberal, una administración eficiente del conflicto desactivando (al menos, pretendiendo desactivar) la lucha social y dando todas las garantías a la burguesía nacional y extranjera de que sus intereses son intocables.

Son de origen ideológico de derecha, las políticas que suponen que el mayor problema del país es la corrupción: se basan en la idea de que “un capitalismo sin corrupción” será más eficiente y mejorará la situación (especialmente de las capas medias, resentidas hoy, pero que si recuperan capacidades de consumo añoradas regresarán a la idea de orden y progreso positivista que en el fondo es su ideología más querida),

La derecha ha logrado hacer dominante la idea de que la corrupción es el único mal, además de que la corrupción es sólo de gobernantes y políticos: hay que remover al PRI, pero no a Slim ni a ningún otro burgués, y menos lo harán si ahora toman “el camino del bien” y apoyan al líder fetiche de Morena.

Esta política no es nueva, desde recién terminada (institucionalizada) la revolución mexicana, los líderes obreros como Lombardo Toledano han preferido uncir las organizaciones de la izquierda de masas a la burguesía “nacionalista” que construir un sujeto autónomo, para este tipo de izquierda jamás hay ni habrá condiciones para que los de abajo luchen con una política propia, siempre deben respetar (y subordinarse a) el marco burgués de lucha.

Para justificar eso no tienen, legítimamente el recurso a Karl Marx, pero sí a una tradición que va de Lombardo Toledano y Fidel Velázquez a Elba Esther Gordillo y Napoleón Gómez Urrutia: ese es el tipo de política subordinada y claudicante que busca sus líderes, ideólogos, candidatos y asesores en el PRI y en la burguesía que antes ha llevado al poder a Fox y Calderón. No es una sutileza ni el colmo de la dialéctica: es un cínico recurso al continuismo y la restauración, es el recurso de un programa neoliberal con un ligerísimo chapeado de keynesianismo (más retorico que real). No alcanza el apelativo de “reformismo”, porque las reformas, por moderadas que sean, son propuestas de cambio: por el contrario, es la continuidad del priismo neoliberal, hoy convertido en clase política metapartidaria.

Es cierto que hay un sector de la sociedad que no desea más cambio que regresar al estado de bienestar, sin importarles que sea a costa de la destrucción del México de abajo, y así como ese sector tiene derecho a luchar por su poder de consumo, de la misma manera los sujetos sociales en lucha por la defensa del territorio y aún de la supervivencia de sí mismos y del país, tienen derecho a  tener su propia forma de organización y de lucha: satanizarlos por no subordinarse a la política electoral de alianzas con la burguesía es solamente un recurso de propaganda negra: uno de los recursos de la derecha que, como muchas otras cosas, esta izquierda electoral claudicante ha ido copiando, aprendiendo y adoptando.

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