El nuevo México

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El nuevo México

Javier Hernández Alpízar

Leonardo Sciascia escribió un cuento, “El largo viaje”, en donde algunos italianos del sur pobre serán llevados por traficantes de indocumentados a los Estados Unidos, Nueva Jersey o Nueva York, qué más da: los suben a una embarcación, los pasean por el mar y los dejan en una playa, avanzan y encuentran letreros en italiano, descubren que los timaron, están aún en Italia.

A veces me parece que esos italianos del sur pobre del cuento de Sciascia somos los mexicanos hoy.

Les propongo un experimento mental.

Pongamos sólo por un momento a Andrés Manuel López Obrador entre paréntesis. Sólo por un momento, luego lo retomaremos.

Hipotéticamente, pongamos a Alfonso Romo como presidente entrante en este 2018. Es el único cambio, todo lo demás queda igual: el gabinete con Moctezuma, Villalobos, Germán Martínez, Ebrard en relaciones exteriores, Durazo, y en la subsecretaría de Gobernación Tatiana y Zoé, y todos los demás electos, Nestora, el Mijis, los 53 diputados del PES, y los demás nombramientos y representantes: Adelfo Regino, Solalinde, e invitados como Mondragón y Kalb, todos igual, todo igual.

Además, los mismos programas que ya se anuncian y las mismas declaraciones: México será un paraíso de las inversiones; se respeta la autonomía del Banco de México; hay una luna de miel con los empresarios y esperamos que sea un matrimonio duradero; gobernaremos no atendiendo a las encuestas de opinión sino al peso (la moneda); en lo internacional, se impulsará una especie de Alianza para el Progreso; no se echará para atrás la reforma energética; el precio de la gasolina se ajustará anualmente según la inflación; una patrulla fronteriza en el sur para evitar el paso de migrantes centroamericanos; respecto a la reforma educativa, se consultará con maestros, pero la evaluación se queda, porque ellos no se oponen a ser evaluados; habrá Zonas Económicas Especiales, habrá Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México; habrá un corredor de Salina Cruz a Coatzacoalcos; habrá mineras canadienses.

Además hay un intenso cabildeo, reuniones con Peña para la foto, con Manuel Velasco en Chiapas, con la Conferencia Nacional de Gobernadores, con representantes de Trump. Todo indica que, de facto, el nuevo gobierno funciona desde ya y el de Peña pasa a la sombra.

Todo es igual, excepto que no es Obrador sino Alfonso Romo quien preside el acelerado cambio de gobierno.

Las críticas comienzan, aparece el hashtag #MondragónNoEsElCambio, se impugna la designación de Germán Martínez para el IMSS, es polémica la presencia de Villalobos en Agricultura, la Red Mexicana de Afectados por la Minería en México no está de acuerdo con la presencia de las empresas mineras, Atenco se manifiesta contra el nuevo aeropuerto…

¿Deveras sería todo igual? ¿Los votantes defenderían a Alfonso Romo y su equipo y programa de gobierno? ¿Dirían que es un honor estar con Romo? ¿Exigirían a los críticos que le lleven sus demandas a Peña y no a un Romo que aún no asume el cargo? ¿Llamarían a tener fe y esperanza en Romo, quien ha prometido que “no nos fallará”? ¿Diría Solalinde que Romo es como un pastor de su pueblo? ¿Usarían el número de votos, el que fuera, para pedir a los críticos que no llamen “tontos” a esos millones de votantes?

No sé ustedes, a lo mejor se pueden imaginar ese cuadro: Romo como YaSabenQuien, como la esperanza de México; pero yo no. Yo creo que si eso estuviera ocurriendo, habría una crítica generalizada a la continuidad del neoliberalismo, a la traición de las promesas y expectativas de algo por lo menos parecido al estado de bienestar, el fin de la violencia y de la represión, y la tan ansiada salida del PRIAN.

Creo que con Alfonso Romo y un gabinete así, y un programa así, habría muchas críticas y decepciones, y caricaturas y memes, y exigencias. A Romo no se le toleraría un programa así, de continuidad neoliberal casi total, y creo que incluso sin el “casi”.

Los columnistas críticos sacarían a relucir que Romo financió a Salinas y a Fox, que ha sido parte de la oligarquía, que lavó dinero de Pinochet y lo defendió diciendo que, en todo caso, debería enjuiciarse “también a Allende”; sacarían a relucir sus inversiones en transgénicos, sus simpatías por el Opus Dei y los Legionarios de Cristo, su torpeza de poner a un personero de Monsanto en Agricultura. Y las críticas a los integrantes del gabinete no se quedarían atrás.

Y no creo que fueran críticas marginales ni minoritarias. Incluso habría quienes abiertamente criticarían a quienes votaron por Romo (en el 2000, un sector de la población ponía la nariz como si oliera heces cuando se mencionaba a los votantes de Fox) o al menos manifestarían su decepción por haber creído en que representaba un cambio y comprobar que no lo es. Muy probablemente sería viral el hashtag #RomoNoEsElCambio.

Sin embargo, el personaje que pusimos entre paréntesis sí existe y es quien encabeza el equipo de gobierno, aparentemente por encima de Romo. Por ende, las críticas a este gobierno, que de manera anticipada comienza a asumir funciones, tienen que ser acalladas: reprocharle al crítico “¿por qué hasta ahora? y ¿por qué no le exigió eso a Peña?”; decirle que se calle y espere a que el nuevo presidente asuma el cargo… e incluso un plazo de varios años más, ¿cuántos?, para que se vea un cambio, y además, moderado, porque él no es un extremista, los extremistas son los inconformes; los inconformes son falsos votantes (o algo peor) porque “quienes verdaderamente votaron por AMLO tienen fe y paciencia”.

No sé ustedes. Tal vez les parece muy claro, muy lógico y sobre todo muy racional: sin Obrador, es un gobierno de derecha, neoliberal, de la continuidad, sin cambios, traidor a la intención del voto, pero ese mismo equipo y programa, con Obrador, es lo diametralmente opuesto: un gobierno prudente, que hará cambios muy ligeros, muy paulatinos, dejando intocados muchos intereses, pero es un cambio histórico.

El parto de los montes es, en esta óptica, la cuarta transformación del país. Al igual que los defensores de Fox en el año 2000, con esa clase de comparaciones Obrador, Morena y sus más entusiastas defensores equiparan a Obrador con Hidalgo, Juárez, Madero: él es el cuarto gran impulsor de una transformación.

Por eso la airadísima respuesta a cada crítica: ¿cómo osas tocar a este prócer? Pero claro, no todos pueden asumir una fe en un caudillo de manera tan abierta, hay quienes sí, pregonan “es un honor, estar con Obrador”; pero quienes necesitan un argumento de apariencia más racional dicen: “los votantes no son tontos, 30 millones de mexicanos no se equivocan”. Algo como aquel programa de televisión “100 mexicanos dijeron”, que ponía como respuestas buenas o correctas algunas que eran falsas, porque 100 mexicanos lo dijeron: un delfín podía ser un pez, algunos saben que es mamífero, pero en el juego, 100 mexicanos dijeron que es un pez y así se queda.

Y detrás del argumento del número, la falacia ad populum es más bien una falacia ad baculum, una apelación a la fuerza: “no te margines, nosotros somos muchos más que ustedes, así que se quedan solos, se aíslan”… y los más tienen la fuerza. Por ejemplo, la fuerza para atiborrar de comentarios insultantes las secciones de comentarios en YouTube, o en páginas web, en redes digitales: “chayotero, te paga el PRIAN, sectario, marxista, extremista, incluso académico (hasta eso es malo para ellos)”, que son los vituperios más ligeros y omito los fuertes… y las amenazas: “ahora que el CISEN estará en manos del pueblo irá detrás de todos ustedes”, y amenazas de violencia y hasta de muerte o, en casos aún más extremos, peticiones de que los bombardeen y acaben con los zapatistas (debe haber reencarnado Fidel Velázquez o Victoriano Huerta o Porfirio Díaz) o amenazas de violencia sexual contra las mujeres que critican a YaSabenQuien. Mucho de ese clima de linchamiento en redes estaba ya instalado durante la campaña electoral, ahora sólo se potenció, Y curiosamente, no son amenazas contra la mafia del poder o contra el PRIAN, sino contra los ciudadanos que disienten,

Quizás soy yo un amargado y todo eso es normal y hasta sano: la nueva mayoría se monta en su chauvinismo, se hace supremacista, pregunta cuándo se irán quienes no están de acuerdo con su nuevo presidente electo, y echa porras a quien salga a defender el mismo punto de vista que ellos, por ejemplo, a Omar García, a quien acaban de descubrir como dechado de las virtudes cardinales y a Solalinde, como dechado de las teologales.

En lo personal, me parece que ambos escenarios arriba esbozados son el mismo: con Romo como presidente, sería un gobierno de derecha, neoliberal, con un desarrollismo depredador del medio ambiente y agresor de comunidades indígenas y no indígenas. ¿Por qué la sola inclusión de AMLO lo hace diferente y lo hace defendible y nos exige “darle el beneficio de la duda” y extenderle un cheque en blanco por un tiempo indefinido? Yo no encuentro una razón, un motivo racional, laico, mundano, para que lo que sin Obrador sería una derecha sumamente criticable, con tan sólo la presencia de él, se vuelva “un cambio histórico” y hasta una “cuarta transformación histórica”.

Me da más vergüenza a mí formularlo en palabras que a sus seguidores darme motivos para hacer la formulación: nos encontramos ante el caso de un “hombre providencial”, de un líder carismático que tiene fascinadas a las multitudes. No es tanto una fría razón pragmática, realista, instrumental y estratégica, no es eso: es la emoción y la fe, y la esperanza y las buenas vibras (“salgamos a barrer nuestra calle para mostrar nuestro apoyo”). Es un fenómeno que linda entre la superstición y el síndrome de Estocolmo: aborrecemos tanto a los priistas y panistas malos que nos han hecho sufrir que podemos amar al priista bueno, con su gabinete de priistas y panistas buenos que traerán la paz.

Eso, en sí, ya me parece grave. Pero me parece más grave otra cosa: el chauvinismo, el supremacismo de la “nueva mayoría” que no se conforma con ser mayoría: quiere ser totalidad, no puede creer que haya disidencia de buena fe, todo crítico debe ser un “peñabot”, alguien “pagado por el PRIAN”, un resabio de los “sinarquistas” que no debería vivir en el nuevo país de la nueva mayoría y con nuevo presidente, o como dice Solalinde, en términos paternalistas y patriarcales: un nuevo “pastor”…

Es cierto que no todo puede ser pura y fríamente racional, que las emociones son humanas y sería inhumano no sentir, pero este emocionalismo y apelación a la comunidad carismática son muy peligrosos: sobre todo porque son el caldo de cultivo para el engaño y el fraude. Y yo soy de esa minoría que piensa que aquí hay engaño y fraude, y que la luna de miel con los empresarios, la oligarquía y la “mafia del poder” (para no mencionar a los “señoritingos” y la “sociedad fifí” que criticaba Obrador) significa que la derecha ha ganado, y ganado de manera aplastante: impuso sus valores, son hegemónicos: así como en los años ochenta nadie podía imaginarse una derrota electoral de las siglas “PRI”, así hoy nadie se imagina un cambio más allá de lo mismo: el mismo neoliberalismo, pero con fe y esperanza.

Regresando a los italianos del cuento de Sciascia. El problema de esta Italia, en donde hemos desembarcado después del periplo electoral, es que no es la misma, no es el mismo México: ahora la derecha tiene un gobierno electoralmente legítimo, carismático, popular y muy empoderado, para echar a andar las ruedas del capitalismo: despojo, explotación, represión y desprecio; pero además tiene a muchos mexicanos que tienen fe y esperanza y están dispuestos a tratar, por todos los medios, de callar a los críticos. Es decir, están dispuestos a hacer todo lo posible por quedarse sin el único recurso que le queda a la sociedad en trance semejante, su libertad de dudar y cuestionar. Ahora Solalinde nos dice que dudar es el pecado, ir contra esos “millones de votos” es como probar del árbol del fruto prohibido: la soberbia de llamar “tonto” a tu prójimo.

Por eso considero más valiosos que nunca a quienes, como los zapatistas, se han atrevido a dudar, cuestionar y anticiparnos que habrá decepción. Tenemos que cuidar ese residuo de sensatez en medio de esta efusión carismática del próximo lustro.

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