Capitalismo: enajenación y fetichismo de la mercancía

Babel

Capitalismo: enajenación y fetichismo de la mercancía

Javier Hernández Alpízar

Se supone que sabemos que las cosas no son lo que aparentan, que las apariencias engañan: especialmente las bellas apariencias han sido sospechosas para viejas sabidurías. Sin embargo, en la vida cotidiana, en la modernidad capitalista e industrial, en la modernidad consumista, pareciera que todo es transparente: que las cosas son lo que aparentan, que lo engañoso es lo que no es aparente, “evidente”  y, especialmente, que las bellas y seductoras apariencias lo son todo: “lo real”. Es la que Karl Marx llamó “religión de la vida cotidiana” y Karel Kosík “mundo de la pseudoconcreción”.[1]

En este mundo consumista, la belleza es “derivada”, por ello, como Saint-Exúpery ha expresado muy bien en su librito poético (“lo esencial es invisible a los ojos”): a nadie impresionas si describes una casa hermosa, pero si dices que ha costado una fortuna, muchos dólares, o euros, te responderán que “debe ser una casa bellísima”.[2] La mercancía es el modelo de lo bello, de lo bueno, de lo verdadero, porque es lo deseable. Y la mercancía quitaesenciada es lo más bello, bueno, verdadero y deseable de todo: el dinero. Aunque nadie sepa lo que es el dinero. El dinero como única motivación y el “libre mercado” y sus “leyes” que lo “autorregulan” son el mundo de la pseudoconcreción, para ver la totalidad, el entero proceso de producción (totalidad concreta), Karl Marx escribió su obra.

Una niña mira con los ojos maravillados a las mujeres jóvenes, todas son princesas, con una tarjeta mágica, compran todo lo que desean: ropas, calzado, bolsas.[3] Los aparadores la invitan a un mundo de ensueño: comprar es como ser la princesa de un cuento de hadas y la magia está en la tarjeta de crédito, el dinero es (parafraseando el título de la novela de Arundhati Roy) el “dios de las pequeñas cosas”[4], y también de las grandes, de las maravillosas, todo depende de cuánto dinero o crédito tengas.

La fetichización de las mercancías es el pensamiento mágico en el mundo capitalista. (Hay además detrás el mito del poder: “matar para salvar vidas”, por ejemplo, en la versión “guerra contra el terrorismo” de Bush Jr.[5])

El paraíso es una cadena de supertiendas con ofertas y rebajas permanentes, y tarjetas de crédito sin límites, el deseo jamás se sacia, por el contrario, mientras más compras más deseas: hasta el budismo o el yoga son mercancías en forma de revistas, videos, libros, conferencias, cursos terapias. Incluso las religiones y las ideologías son mercancías a la carta.

Otra niña, una “dagonmei” en un país asiático, trabaja poniendo detalles a muñecas, porque sus pequeños dedos son perfectos para poner ojitos o partes muy pequeñas. Cuando crece, ya no puede hacer movimientos tan finos. Entonces tiene que empacar muñecas completas. Princesas, guerreras, enfermeras, ejecutivas. Comienza a soñar con las muñecas que empaca, pero que con su salario de miseria no puede comprar. Ella es mano de obra esclava y lo que produce no le pertenece.[6]

Sin embargo, las imágenes no mienten: aparadores, luces, centros urbanos y malls, luces que desafían a la noche, ciudades mercancía que forman una mancha o enjambre de luces perceptible desde el espacio: somos el planeta mercancía. Insaciable consumidor de energía y de trabajo vivo.

La ideología del dinero, de la mercancía, es incuestionable o al menos lo parece: el anticapitalismo y toda idea antisistema tiene la desventaja de ser “utópica”, “imposible”. La verdad es el dinero, el dinero es la verdad, y las tautologías son irrefutables.

Para entender la esclavitud a la que se somete la mujer joven, aquella niña maravillada por los aparadores, cuando crece y se endeuda, cuando, tienda de raya, comprueba que las tarjetas de crédito no son mágicas ni ilimitadas, sino que te endeudan y tienes que pagar, ganar dinero, trabajar, y sobrevivir a la persecución de los cobradores, para entender esa enajenación ante el fetichismo de las mercancías (como sirenas, las mercancías, perfectas, deseables, la seducen desde sus movimientos de maniquí en el aparador) hay que enlazar cognitivamente la alienación consumista con la enajenación de la niña esclava asalariada, superexplotada, en un país asiático (o africano o latinoamericano).

Una de las aportaciones más importantes de Karl Marx es su concepto de fetichismo[7] de la mercancía, como los ídolos condenados y anatemizados por la religión mosaica: obra de las manos humanas a la que sus productores rinden supersticioso culto tal si fueran sus amos, así también las mercancías, productos con valor de uso y valor de cambio, se erigen en amos del productor cuando él se ve como necesitado, angustiado, ansioso consumidor: más deseables mientras más inalcanzables, las mercancías prometen la plenitud que el consumidor (insaciado e insaciable), no halla en sí mismo.

Las mercancías han llegado a ser el modelo de ser perfecto: los seres humanos desean ser como los humanos cosificados que modelan las mercancías, aunque lo ideal sería ser tan perfecto como las mercancías mismas. Günther Anders ha creído percibir una vergüenza en no ser productos perfectos: “vergüenza prometeica”.[8] ¿Cuántas veces una persona no ha salido más que con una pareja, con el auto lujoso o la tarjeta de crédito que la otra persona posee?

Pero ¿qué es la mercancía?: es un producto. ¿Y quién es su productor? El trabajador asalariado. ¿Por qué si la produce (como las niñas superexplotadas a las muñecas) no es suya? Porque no es dueño de los medios de producción. Recibe un salario, para sobrevivir, para reproducir su vida y fuerza de trabajo, pero el resto del valor producido, cristalizado en las mercancías, es propiedad del capitalista. La separación entre productores y medios de producción (privados, propiedad de los burgueses, hoy una verdadera plutocracia mundial).[9]

Hoy en unos pocos minutos, entre cinco y quince, un obrero produce lo que le pagan, casi la totalidad, al menos la inmensa mayor parte de su jornada es trabajo impago, plusproducto, luego plusvalor, luego ganancia realizada en dinero, riqueza del capital. La ley del valor descubierta y explicada por Marx es el núcleo de hierro de la dictadura del capital, despotismo planetario hoy.

El lado oculto de la mercancía es su proceso de producción, las relaciones sociales, la explotación del trabajo asalariado, aspectos que se esconden tras la seductora apariencia de unos jeans, un sombrero, una muñeca o un gadget electrónico. Detrás están los sufrimientos de las y los obreros de la maquila en China, en Tlaxcala, en Ciudad Juárez, en el Estado de México. Mucho de ese trabajo es femenino, infantil. Devaluados por salarios de miseria, esos operarios de la maquila son víctimas políticas si luchan por derechos laborales: represión, persecución, desaparición, muerte. [10] Y en el caso de mujeres y niñas y niños, explotación o abuso sexual, feminicidios, trata de personas. La muerte violenta es sólo la prolongación de la muerte lenta, de la mortificación, de la superexplotación.[11]

¿Cómo se originó el abismo de propiedad, riqueza, poder, fuerza represiva entre los propietarios de los medios de producción y quienes no tienen más que su fuerza de trabajo como precaria y siempre devaluable mercancía? Por la expropiación violenta, la acumulación primitiva u originaria en la Europa precapitalista y protocapitalista incluye los cercados de tierras, el despojo, la leva de mano de obra a las industrias y las ciudades industriales. Y el descubrimiento de América, invadida, conquistada militarmente, saqueada, esclavizada y luego proletarizada por el despojo colonial de tierras: despojo a pueblos, esclavitud, primero a secas y luego asalariada, de indígenas, mujeres (además del trabajo doméstico y la reproducción de la vida que lo es de la fuerza de trabajo), niñas y niños: y también África, Asia, Oceanía.[12]

Sin embargo, hoy que hay una gran diferencia entre el nivel de vida del norte y del sur, entre el capitalismo feliz del consumismo y el estado de bienestar de una mínima parte de la humanidad y, en contraste, la esclavitud y postración de la mayoría, aparece como verdad “evidente” que el capitalismo enriquece y la “falta de capitalismo” empobrece. Olvidan que el capitalismo no es un fenómeno nacional, que no son naciones que compiten en igualdad de puntos de partida y deportiva competencia: es un sistema mundo. Y el discurso de que las teorías críticas del capitalismo, como la “pasada de moda” teoría de la dependencia son autovictimizaciones y discursos de “buenos y malos” es meramente ignorancia u ocultación cínica de la historia, algunos productores de esas apologías del capitalismo son mercenarios del pensamiento colonizador y mistificador contemporáneo.

El fetichismo de la mercancía, originado en la mistificación, en el ocultamiento de las relaciones sociales de producción, de explotación, despojo, represión y desprecio, que sustentan la producción y venta de mercancías, hace aparecer a la mercancía bella, inocente y deseable. Y a la pobreza, fea, cara sucia, mala, perezosa, culpable.

Solamente quien desciende a los infiernos de la producción (ahí donde se esconde el secreto del trabajo como única fuente productora de valor) puede entender y saber lo que es el dinero (mercancía universal, simple medio de cambio que la enajenación del trabajador y la alienación del consumidor vuelven un fin en sí mismo). Puede entender que en capitalismo se invierten fines (valores de uso) y medios (valor de cambio) para subordinar el fin a los medios: subsumir la vida al capital.

Cuando se parte de la noción de dinero, de recursos, de tecnología, de “conocimientos, ciencia, saberes, técnicas” y mercado libre: el egoísmo racional y el dinero, el afán de ganancias como único atractor, entonces estamos instalados en la ideología: ignorancia más pensamiento mágico, mistificación de lo que son en verdad el capital, el dinero, la mercancía y fetichismo. Se atribuyen a los productos, las mercancías, las cosas, poderes creadores: dinero, recursos, y se hace de sus productores no sujetos sino meros necesitados (¿necesitamos un teletón mundial, un “USA for Africa” y para todas las “ex” colonias?)

La mistificación es la ocultación del trabajo vivo, de la vida de las y los trabajadores dejada en la producción de las mercancías. Es el ocultamiento de la explotación y de la enajenación del trabajo vivo bajo el discurso de la igualdad ante la ley, de la igualdad en el mercado, de que todos podemos ser “emprendedores”. Como dijera Anatole France: “en su magnanimidad, la ley prohíbe lo mismo al millonario que el mendigo, dormir debajo de los puentes”.

El rey Midas contemporáneo transustancia todo en mercancía y consumo mediante el poder de su firma, pero la gallina de los huevos de oro, la productora de todo valor (de uso y también de cambio) es aún el trabajo vivo, el trabajador, los trabajadores: vulnerables seres humanos.

Ahora también se fetichizan la tecnología, los robots y la inteligencia artificial, el “conocimiento” igualmente mistificado, separado de su productor, olvidando que el conocimiento, como cualquier producto, es obra de los trabajadores, los productores. Aunque el capitalismo se vista de “sociedad del conocimiento” sigue siendo trabajo enajenado.

El despotismo, la dictadura del capital (y por medio de la ideología, también sus esclavos, no solamente esclavos asalariados, sino reos de las ideas de la clase dominante, y del pensamiento mágico de sus fetichismos) sueña con un mundo de esclavos perfectos, que no se cansan, no protestan, no resisten, no se organizan, las máquinas inteligentes.

El sueño neomalthusiano es que los robots reduzcan al mínimo la necesidad de los esclavos humanos asalariados. ¿Tal vez un robot biológico genéticamente “editado”? El fin de la lucha de clases, el fin de las ideologías, el fin de la historia y la desiderata de un “mundo feliz”: el paraíso de las inversiones y el consumo.

No obstante, está ese incómodo y “extraño enemigo”: el trabajo vivo, el productor, el ser humano proletarizado, despojado, explotado, reprimido, contaminado por los tóxicos de una industria que sigue necesitando trabajo vivo, materias primas, territorios, mercados y consumidores.

Y si las y los trabajadores fueran derrotados, está la protesta de la naturaleza, del planeta saqueado, sobreexplotado y contaminado: las leyes humanas se compran y venden, pero las leyes naturales no. El límite del capital es el límite del planeta: el cambio climático como ultimátum,[13] aunque el sueño totalitario aún cree poder encontrar otros planetas colonizables y explotables, ¿la acumulación originaria llevada a colonias espaciales como en una obra de Bradbury[14]?

Detrás del fetiche del capital, de la tecnología, detrás del fetiche de la mercancía y el dinero se esconde el trabajo vivo, el tiempo de vida, la vida robada a las y los explotados. Pero eso lo ignora quien ve al dinero como un absoluto, como un despótico dios moderno. Solamente algunos autores de “novelas-cuentos de hadas” como Momo han podido hacer la metáfora de la teoría del valor de Marx: la “vida” del capital, el verdadero “muerto viviente” es el tiempo de vida despojado a los humanos, es la vida robada, expropiada a las y los trabajadores: seres humanos esclavos de su propia obra, de sus propios fetiches. En la novela de Ende, los “hombres de gris”.[15]

No es una cuestión de cuántos creen en una idea: aunque la mayoría de la humanidad crea supersticiosamente en las virtudes mágicas del dinero y de la mercancía y el capital, el imperio del capital se basa en el engaño. Para liberarse, la niña esclava del consumo y las tarjetas de crédito tiene que sumar fuerzas con la niña esclava de la maquila. Es muy incómodo para muchos, pero la contradicción entre capital y trabajo vivo sigue existiendo. La historia camina por eras de barbarie, pero no ha terminado.

[1] Karel Kosík, Dialéctica de lo concreto.

[2] Obviamente; Saint-Exúpery, el Principito.

[3] La película se llama “Loca por las compras”.

[4] La novela de Arundhati Roy, El dios de las pequeñas cosas.

[5] Franz Hinkelammert, Hacia una crítica de la razón mítica.

[6] Un maravilloso cuento para niños de Ricardo Gómez y Teresa González titulado El sueño de Lu Szhu

[7] Jean Robert, “El análisis del fetichismo de las mercancías, aportación primordial de Karl Marx”.

[8] Revista Conspiratio No. 13, “El anuncio de la catástrofe: reflexiones de Günther Anders”, septiembre-octubre de 2011.

[9] En el documental Réquiem por el Sueño Americano, basado en Noam Chomsky, la propia plutocracia llama a su régimen “plutonomía”. https://www.youtube.com/watch?v=qkbwWG07UYI

[10] Subcomandante Marcos, “De eso se trata en esta primera etapa: de decir nuestra historia”, en Escritos sobre la guerra y la economía política.

[11] En eso sigue muy vigente, desafortunadamente, el documental de Saúl Landau, “Maquila: a tale o two Mexicos”.

[12] Massimo de Angelis, “Marx y la acumulación primitiva. El carácter continuo de los “cercamientos” capitalistas”. Asimismo, la conferencia de Silvia Federici en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM en You Tube: https://www.youtube.com/watch?v=blaO79tIcyo&t=881s

[13] Los militantes de la IV Internacional han acuñado el término “ecosocialismo” para una renovada militancia no solamente socialista sino ecologista. Andrés Lund Medina, México en la discordancia de los tiempos. Y la urgente necesidad de otros tiempos y otra izquierda, anticapitalista y ecosocialista.

[14] Obviamente Ray Bradbury, Crónicas marcianas.

[15] Michael Ende, Momo.

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